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El Marido que no supo perder romance Capítulo 288

—¿Estarías dispuesta a darme una oportunidad para que empecemos de nuevo?

La brisa de verano sopló, esparciendo el perfume de las flores.

Gretel miró a ese hombre tan altivo que solo ante ella bajaba la cabeza. La barrera inquebrantable en su corazón finalmente se agrietó.

Cerró los ojos, forzando a las lágrimas a retroceder y, finalmente, asintió con un movimiento ligero.

***

El Porsche rosa glaciar entró tranquilamente a Villa Colina del Sur.

Rosendo fue el primero en abrir su puerta y, como en tantas otras ocasiones, dio la vuelta para abrir la puerta del copiloto.

Apenas entraron a la casa, Gretel quiso darle las buenas noches, pero él la sujetó por la muñeca.

Al segundo siguiente, él tiró de ella, envolviéndola en un abrazo ardiente.

La sala estaba a oscuras, solo se sentía la frescura del aire acondicionado central.

En medio de las sombras, la embriagadora mezcla de bergamota y el aroma puramente masculino de Rosendo cayó sobre ella de forma avasallante.

El beso de Rosendo fue apresurado y feroz.

Con una mano le sostuvo la nuca, y con la otra la agarró con fuerza por la cintura, pegándola fuertemente a su cuerpo.

Sin rodeos, sin pruebas, fue directo a lo profundo.

—Mmm... —Gretel casi se quedó sin aire, y sus manos, de manera instintiva, se enredaron en el cuello ardiente del hombre.

El saco del traje que él llevaba ya estaba tirado en la alfombra; la corbata estaba aflojada y los primeros botones de la camisa blanca abiertos, dejando ver sus clavículas y su piel clara.

Su temperatura era alarmantemente alta, y el calor se transmitía directo hacia el cuerpo de Gretel a través de la tela delgada.

Incapaz de soportarlo, ella giró la cara intentando huir, pero él le sujetó el mentón, negándole cualquier vía de escape, y sus labios cayeron de nuevo con autoridad.

—Gretel... —murmuró sobre sus labios, con la voz cargada de un deseo desbordante.

Al día siguiente, cerca del mediodía, Gretel despertó sintiendo un dolor muscular muy familiar.

Las orejas le ardían y, casi por inercia, se cubrió con la colcha la zona del pecho, que estaba llena de marcas.

El lado junto a ella estaba vacío, y las sábanas eran nuevas. En el ambiente aún quedaba un levísimo rastro del aroma de él.

Apretó las sábanas, reunió valor y se levantó. Se puso un pijama blanco de estar por casa, se aseó y por fin abrió la puerta para bajar.

Pensó que él ya se había ido a la empresa, pero apenas bajó las escaleras vio a Rosendo moviéndose de un lado a otro en la cocina abierta.

Llevaba ropa cómoda color gris oscuro y estaba concentrado cortando ingredientes sobre la isla de la cocina.

Al escuchar los pasos, dejó de hacerlo y alzó la mirada hacia ella.

—¿Ya despertaste? El caldo nutritivo ya casi está, siéntate a esperar un momento.

La mirada de Rosendo era cálida, llena de una ternura que nunca antes había estado allí.

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