Una vez dentro, una estilista se llevó a Vale para cambiarle de ropa y maquillarla, mientras Rosendo y Gretel esperaban sentados en la sala.
Poco después, la pequeña salió corriendo y agarrándose el vestido, acompañada del personal.
—Mami, tío Rosendo, ¿me veo linda? —La niña dio una vuelta frente a los dos y preguntó con dulzura.
—Hermosa, nuestra princesita Vale es la más hermosa.
En los ojos del imponente hombre brilló una chispa de ternura. Con delicadeza, le pellizcó suavemente la mejillita regordeta a la niña.
No sabía por qué, pero entre más veía a Vale, más cercana a él le parecía y más la quería.
Al fotógrafo que observaba la escena se le iluminaron los ojos.
El hombre irradiaba poder, la mujer era elegante y de belleza inigualable, y la niña parecía una verdadera muñequita.
¡Aquello era la publicidad perfecta andante!
—Señor Almenar, señorita Mendoza. —El fotógrafo se atrevió a dar una sugerencia—. Tienen una presencia espectacular. Me preguntaba si estarían dispuestos a tomarse unas fotos familiares juntos. Resulta que en el estudio estamos preparando la campaña publicitaria para la próxima temporada...
Rosendo frunció el ceño y estaba a punto de negarse.
Odiaba tomarse fotos, especialmente esas que venían con ediciones y retoques. Sin embargo, en ese preciso momento, le vino a la cabeza una imagen.
La foto de Nerón Zúñiga junto a Gretel y Vale, tomada a las afueras de una cafetería.
—Haremos la sesión.
Gretel volteó la cara con duda y susurró:
—¿No se supone que no te gusta tomarte fotos?
¿Acaso recordaba mal?
—No es que no me guste. —Sin dar más explicaciones, él se puso de pie y se arregló la chaqueta del traje.
La sesión fluyó de forma excepcionalmente rápida.
Rosendo mantuvo una presencia intimidante todo el tiempo, pero en cuanto sus ojos se enfocaban en Gretel o Vale, toda su frialdad desaparecía para dar paso a una ternura incontenible.
Por otra parte, eran pasadas las diez de la noche.
Villa Colina del Sur.
Gretel llevaba un camisón de seda amarillo cálido y estaba sentada con las piernas cruzadas en el sofá de la sala.
Tenía un té de frutas a un lado y en las piernas reposaba un documento de psicología en inglés.
En la entrada, se escuchó cómo se desbloqueaba el cerrojo electrónico, y Rosendo cruzó la puerta.
Llevaba la chaqueta del traje gris oscuro colgada del brazo; al entrar, con una mano se aflojó la corbata. Su rostro delataba el cansancio de una noche de reuniones.
Se quitó los zapatos, le dio el abrigo a la empleada que se acercó y caminó hacia el sofá.
—¿Aún no te acuestas? —Se sentó a su lado y, por costumbre, estiró el brazo para abrazarla por la cintura.
Apenas se acercó, un dulce y empalagoso aroma a rosas, que no le pertenecía a él, mezclado con alcohol, invadió la nariz de Gretel.
Ella frunció el ceño, se apartó hacia un lado y esquivó el toque de su mano.

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