Entrar Via

El Marido que no supo perder romance Capítulo 290

Una vez dentro, una estilista se llevó a Vale para cambiarle de ropa y maquillarla, mientras Rosendo y Gretel esperaban sentados en la sala.

Poco después, la pequeña salió corriendo y agarrándose el vestido, acompañada del personal.

—Mami, tío Rosendo, ¿me veo linda? —La niña dio una vuelta frente a los dos y preguntó con dulzura.

—Hermosa, nuestra princesita Vale es la más hermosa.

En los ojos del imponente hombre brilló una chispa de ternura. Con delicadeza, le pellizcó suavemente la mejillita regordeta a la niña.

No sabía por qué, pero entre más veía a Vale, más cercana a él le parecía y más la quería.

Al fotógrafo que observaba la escena se le iluminaron los ojos.

El hombre irradiaba poder, la mujer era elegante y de belleza inigualable, y la niña parecía una verdadera muñequita.

¡Aquello era la publicidad perfecta andante!

—Señor Almenar, señorita Mendoza. —El fotógrafo se atrevió a dar una sugerencia—. Tienen una presencia espectacular. Me preguntaba si estarían dispuestos a tomarse unas fotos familiares juntos. Resulta que en el estudio estamos preparando la campaña publicitaria para la próxima temporada...

Rosendo frunció el ceño y estaba a punto de negarse.

Odiaba tomarse fotos, especialmente esas que venían con ediciones y retoques. Sin embargo, en ese preciso momento, le vino a la cabeza una imagen.

La foto de Nerón Zúñiga junto a Gretel y Vale, tomada a las afueras de una cafetería.

—Haremos la sesión.

Gretel volteó la cara con duda y susurró:

—¿No se supone que no te gusta tomarte fotos?

¿Acaso recordaba mal?

—No es que no me guste. —Sin dar más explicaciones, él se puso de pie y se arregló la chaqueta del traje.

La sesión fluyó de forma excepcionalmente rápida.

Rosendo mantuvo una presencia intimidante todo el tiempo, pero en cuanto sus ojos se enfocaban en Gretel o Vale, toda su frialdad desaparecía para dar paso a una ternura incontenible.

Por otra parte, eran pasadas las diez de la noche.

Villa Colina del Sur.

Gretel llevaba un camisón de seda amarillo cálido y estaba sentada con las piernas cruzadas en el sofá de la sala.

Tenía un té de frutas a un lado y en las piernas reposaba un documento de psicología en inglés.

En la entrada, se escuchó cómo se desbloqueaba el cerrojo electrónico, y Rosendo cruzó la puerta.

Llevaba la chaqueta del traje gris oscuro colgada del brazo; al entrar, con una mano se aflojó la corbata. Su rostro delataba el cansancio de una noche de reuniones.

Se quitó los zapatos, le dio el abrigo a la empleada que se acercó y caminó hacia el sofá.

—¿Aún no te acuestas? —Se sentó a su lado y, por costumbre, estiró el brazo para abrazarla por la cintura.

Apenas se acercó, un dulce y empalagoso aroma a rosas, que no le pertenecía a él, mezclado con alcohol, invadió la nariz de Gretel.

Ella frunció el ceño, se apartó hacia un lado y esquivó el toque de su mano.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Marido que no supo perder