Cada vez entendía menos la actitud de Enzo.
¿Era que confiaba demasiado en su sobrino Yahir o... simplemente no tenía el menor interés en ella?
Si en el futuro realmente se casaban, siendo él tan frío, ¿cómo iban a desarrollar algún sentimiento con el tiempo?
O será que... ¿en realidad le gustaban los hombres?
A mitad de la comida, se levantó y dijo con tono suave: —Voy al baño.
Al salir del baño, no regresó de inmediato al salón privado, sino que buscó una ventana para tomar aire.
—Más te vale estar atenta. Si logras complacer al señor Hernández, ya tendrás asegurado el dinero para el tratamiento de tu abuela.
Se escuchó una voz masculina en tono bajo.
Un hombre vestido con el uniforme de gerente del club se acercaba por el pasillo, guiando a una joven de figura delgada.
La chica tenía una piel de porcelana, suave y hermosa, con ojos grandes y redondos ligeramente almendrados; parecía una frágil y delicada muñeca de aparador. Llevaba una camiseta desgastada por las lavadas, unos simples jeans y tenis blancos que desentonaban por completo en ese lugar.
Al pasar a su lado, la chica levantó la mirada con timidez hacia ella, y en sus ojos brilló un fugaz destello de admiración.
Felisa los vio empujar la puerta y entrar al salón privado donde estaba Enzo. Levantó ligeramente una ceja.
Poco después, el gerente volvió a salir de mal humor junto a la chica.
—El señor Hernández no está interesado en ti. Regrésate.
—Gerente, usted dijo que, funcionara o no, me daría dos mil pesos.
—¿Yo dije eso? No lo recuerdo.
—¡Usted lo dijo claramente!
La mirada del gerente recorrió el cuerpo de la chica.—Si de verdad quieres ganar dinero, tengo otros contactos. Siempre y cuando estés dispuesta a soltarte, te aseguro que ganarás mucho dinero en un solo día.
—¿Qué?
El gerente se acercó y le susurró un par de cosas.
El color en el rostro de la chica desapareció por completo.

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