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ÉL ME QUERÍA SUMISA, NO REINA romance Capítulo 105

—No pienses tonterías. Mi tío es muy hombre.

Yahir soltó una carcajada baja. Si su tío supiera lo que ella estaba pensando, seguramente se moriría del coraje.

—Pues vivir con alguien así debe ser muy aburrido.

—¿Entonces soy mejor yo?

Se inclinó para hablarle al oído y soltó una frase de lo más coqueta.

El rostro de Felisa se puso rojo como un tomate y le lanzó una mirada fulminante.

¡Ese hombre no tenía vergüenza!

Cuando entraron, Joaquín estaba hablando por teléfono, con voz seria y un deje de molestia.

—Sergio, ¿tu club podría ser un poco más profesional? En serio deja mucho que desear.

—¿Crees que soy ese tipo de bestia? ¿Me estás insultando a mí o te insultas a ti mismo?

—Si me vuelves a armar este tipo de teatros, olvídate de que somos amigos.

Yahir llevó a Felisa hasta su asiento.

Joaquín colgó el teléfono.

—Disculpe, señorita Valenzuela. Mi amigo tiene un sentido del humor muy pesado y me estaba haciendo bromas de mal gusto. Ya lo regañé.

Felisa sonrió sin decir nada.

—Tengo algunos asuntos que atender, así que sigan comiendo ustedes. Yahir, cuando terminen, llevas a la señorita Valenzuela a su casa.

—Entendido, tío.

Cuando él se marchó, Felisa se sintió aún más frustrada.

¿Por qué siempre se iba primero y dejaba que Yahir la llevara a casa?

¡Ya ni sabía con quién se suponía que debía desarrollar sus sentimientos!

—¡Come!

Yahir le sirvió un trozo de costillas a la sal y pimienta en su plato.

Ella bajó la cabeza y empezó a comer en silencio.

Yahir le sirvió un vaso de jugo, se reclinó en la silla, encendió un cigarrillo y comenzó a fumar con aire relajado.

Sus ojos brillantes y rasgados se posaron suavemente sobre ella.

Su forma de comer era extremadamente refinada. Sus movimientos eran pausados y elegantes, y el manejo de los cubiertos delataba su excelente educación.

Cuando bajaba ligeramente la cabeza, las líneas de su perfil se veían suaves y limpias. Masticaba con lentitud, y hasta los pequeños movimientos de sus labios y dientes eran tan tranquilos que resultaban hermosos.

No había rastro de afectación en ella; parecía una obra de arte, digna de ser admirada.

—Ya que estás aquí, acompáñame a jugar un rato más.

¡¿Y quién quería acompañarlo a él?!

Felisa levantó la mirada. Entre sus finas cejas se asomó un aire de arrogancia y distancia.

—Señor Hernández, cobro muy caro. ¿Está seguro de que puede pagar mi precio?

En lugar de enojarse, Yahir soltó una carcajada baja, su tono estaba cargado de un dominio indiferente.

—Mucha gente se pelea a muerte por la representación de Vitti. Si yo le conseguí a la señorita Valenzuela un favor tan grande, ¿todavía quiere regatear por acompañarme a jugar una partida de golf?

—Ya le devolví ese favor hace tiempo.

—Eso es lo que usted cree, pero yo no he aceptado nada.

¿Acaso este hombre entendía en qué situación estaban y qué relación iban a tener en el futuro?

Felisa respiró hondo, intentando controlar las emociones que hervían en su interior, y le recordó palabra por palabra.

—Yahir, pronto seré tu tía. ¿Podrías comportarte con más seriedad?

De verdad se sentía agotada. Si hubiera sabido, nunca se habría metido con ese hombre.

Pero al pensarlo bien, si no hubiera sido por él, aquella noche habría perdido por completo su honor y las consecuencias habrían sido desastrosas.

La chispa de burla en los ojos de Yahir desapareció, y su mirada se volvió más profunda: —¿Todavía no te unes a la familia Hernández y ya te llamas a ti misma mi tía?

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