Isabella Quintana yacía débilmente en la cama del hospital, vestida con una bata a rayas azules y blancas; su rostro estaba tan pálido que casi parecía transparente.
Hugo Vargas entró a la habitación acompañado por una enfermera, con un tono formal y distante.
—Señorita Quintana, ella es la enfermera que el señor Lozano ha contratado especialmente para cuidarla durante su recuperación.
—¿Y él dónde está? —Isabella lo miró con los ojos llenos de esperanza.
—El señor Lozano ha estado muy ocupado últimamente, no tiene tiempo para venir a verla.
—¡Ja! ¿Ocupado, o simplemente ya se cansó de mí?
Con el rostro inexpresivo, Hugo dejó suavemente una tarjeta bancaria sobre la mesita de noche.
—El señor Lozano me pidió que le informara que a partir de hoy ya no es necesario que asista a la empresa. El departamento en Bahía Península y esta tarjeta son su compensación.
Al terminar de hablar, se dio media vuelta para irse.
Isabella agarró una almohada y se la arrojó con furia. Su autocontrol se hizo pedazos.
—¡Ve a decirle a Alfonso que no estoy de acuerdo! ¡No puede desecharme así como así!
¿Creía que podía deshacerse de ella con un departamento y una tarjeta?
¡Ni en sus sueños!
Hugo giró lentamente la cabeza y la miró con absoluto desprecio.—Señorita Quintana, usted no es más que un pasatiempo para el señor Lozano. Jugó con usted un rato por diversión, ¿y en serio se creyó que él la amaba?
—No olvide los métodos que usó para seducir al señor Lozano y destruir su boda con la señorita Valenzuela.
—A las amantes nunca les espera un final feliz.
Isabella temblaba de ira. Señaló a Hugo con el dedo y gritó: —¡Eso es un asunto entre él y yo! ¿Tú quién te crees que eres para venir a darme lecciones y burlarte de mí?
No era más que un simple asistente que solía agachar la cabeza ante ella, y ahora se atrevía a tratarla con desprecio.
—Solo expongo los hechos. —Dicho esto, Hugo salió directo de la habitación.
En el cuarto solo quedaron los llantos y los insultos descontrolados de Isabella.
Con las manos temblorosas, llamó a Alfonso y, entre sollozos, le empezó a reclamar.
Al otro lado del teléfono, Alfonso escuchó en silencio, y luego respondió fríamente.
—¿Acaso no es verdad lo que te dijo?
—¿Q-Qué?


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ÉL ME QUERÍA SUMISA, NO REINA