Momentos después, una mujer delgada y elegante entró a la oficina.
Llevaba un corte de cabello moderno y pulcro, un traje sastre color beige y zapatos de tacón negro. De pies a cabeza, emanaba un aura de independencia y profesionalismo impecable.
—Señor Lozano, acabo de regresar de un viaje de trabajo y no he podido contactar a la señorita Valenzuela, así que me tomé el atrevimiento de buscarlo.
—Tome asiento, por favor.
La secretaria les trajo dos tazas de café y salió de la oficina.
Lucía se sentó con una postura correcta. Su tono era tranquilo y profesional: —Primero que nada, me presento, soy Lucía Navarro. La señorita Felisa Valenzuela comenzó a recibir mi terapia psicológica hace dos años. Hace poco me comentó que su estado había mejorado notablemente y que estaba casi recuperada. He venido para hacer una consulta de seguimiento.
Los dedos de Alfonso se crisparon violentamente.
¿Llevaba dos años en terapia y él, durante todo ese tiempo, no había sabido absolutamente nada?
Al notar la sorpresa y la confusión en sus ojos, Lucía habló con calma.
—La señorita Valenzuela ha llevado este proceso en completo secreto, no se lo contó a nadie. Su plan original era que, cuando estuviera completamente curada, le daría una sorpresa en su noche de bodas.
Hizo una pausa. Sus palabras eran suaves, pero se clavaban como finas agujas en el corazón de Alfonso.
—Para superar sus traumas, venía a tomar sesiones de hipnoterapia dos veces al mes. En cada sesión, tenía que volver a abrir aquellos dolorosos recuerdos, luchar para salir del terror y, poco a poco, aprender a enfrentarlos con valentía.
—Al principio, la señorita Valenzuela mostraba mucha resistencia. Sin embargo, gracias a la terapia constante, su condición finalmente empezó a mostrar una mejoría significativa.
—Me contó que fue usted quien la salvó en aquel entonces, ¿no es así?
Alfonso asintió, con la mirada ensombrecida.

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