"¿Qué esperan, idiotas? ¡Ayúdenme a darle una paliza a esta maldita!"
Los dos matones reaccionaron e intentaron intervenir. Al ver que Julia estaba en desventaja, Felisa intervino de inmediato.
"¡Esto es un pleito entre ellas dos! ¡Si ustedes se meten, serán cómplices de agresión! ¡Todo está siendo grabado! ¿También quieren ir a la cárcel?"
No alzó la voz, pero cada palabra sonó como un látigo. Los hombres se miraron entre sí, intimidados, y no se atrevieron a mover un dedo.
Diez minutos después, Julia se sacudió las manos mientras Lucía yacía en el piso, llorando a gritos y pataleando.
"¡Me golpearon! ¡En el Salón de Seda golpean a la gente! ¡Llamen a la policía!"
Felisa frunció el ceño, se acercó, le dio una patada en el hombro y le habló con una frialdad absoluta.
"Puedes insultarme a mí o a Julia, ¡pero jamás voy a permitir que ofendas a mis clientas!"
"Todas las señoras que están aquí merecen respeto y no voy a tolerar tus vulgaridades. Hoy viniste a difamar mi negocio y a insultar a personas importantes. Esto no se va a quedar así".
Las damas de la alta sociedad jamás habían presenciado algo tan corriente. Miraban a Lucía con profundo asco y repulsión.
"¡Qué mujer tan vulgar y conflictiva! ¡No tiene vergüenza!"
"¡Venir a armar un teatro en un negocio ajeno! ¡Qué bajeza!"
"¡En todos mis años, jamás había visto a alguien tan corriente y vulgar!"
Cada crítica caía como un balde de agua fría sobre Lucía, haciéndola lucir aún más patética y miserable tirada en el suelo.
La Sra. Arana sacó su teléfono y marcó un número con total autoridad. "Manden a una patrulla al Salón de Seda. Hay alguien alterando el orden público y atacando un negocio".
La policía no tardó en llegar. Los oficiales del sector irrumpieron en el local.

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