Los matones en la puerta no se movieron ni un milímetro, y otros dos hombres bajaron corriendo las escaleras, rodeándola por completo.
El pánico se dibujó en su rostro y, tratando de ocultar su terror con falsa valentía, gritó:
—¿Qué creen que están haciendo?
—Señorita Bianca, en los negocios siempre es mejor llevar la fiesta en paz. No quiero ponerle las cosas difíciles, así que no me obligue a hacerlo. —Quintín caminó hacia ella con la tablet en la mano y se la ofreció con una sonrisa macabra—. Haga la transferencia y podrá irse con su mercancía.
—¡No voy a transferir nada!
Bianca agitó el brazo con furia, golpeando la tablet, que cayó al suelo con un estrépito.
La expresión de Quintín se volvió aterradora. Levantó la mano y le asestó una bofetada brutal.
¡Plaf!
El sonido nítido del golpe resonó en la habitación. Fue tan fuerte que hizo que Bianca viera estrellas. Cayó al suelo pesadamente y su mejilla comenzó a hincharse a una velocidad alarmante.
Su mente se quedó en blanco, completamente aturdida.
La voz glacial de Quintín le susurró:
—Rápido, recojan la tablet y entréguensela a la señorita Bianca.
Uno de los matones obedeció al instante y volvió a poner el dispositivo frente a ella.
—¡No lo haré! ¡Quintín Valerio, atrévete a ponerme un dedo encima y juro que te arrepentirás!
Criada entre algodones, la caprichosa hija de la familia Valenzuela había vivido más de una década haciendo lo que le daba la gana. ¿Cuándo había sido sometida a semejante humillación?
—¿Ah, sí? Me muero de ganas de ver cómo me haces arrepentirme. —Quintín soltó una carcajada llena de desdén—. ¿La familia Valenzuela? ¡A mí me tienen sin cuidado!
—¡Voy a matarte!
Bianca luchó por levantarse y se abalanzó hacia él como una fiera herida, lanzando golpes al aire.
Un destello de crueldad cruzó los ojos de Quintín y, sin la menor piedad, le propinó una patada en el estómago.
Bianca salió volando como una muñeca de trapo. Se acurrucó en el suelo, agarrándose el vientre, con el rostro más pálido que el papel, incapaz de reincorporarse.
Ricardo no le dedicó ni una buena mirada, resopló con frialdad y pasó de largo.
—Bianca lleva tres años en la empresa y nunca ha cometido un error grave. ¡Como sus padres, deberíamos apoyarla! ¡Tú puedes tener a tu favorita, pero yo no la abandonaré! —espetó Lorena, siguiéndole los pasos con el rostro tenso.
—Quintín Valerio es un viejo zorro, ¿cómo iba Bianca a ganarle? Prepárate para perder esos doscientos millones —respondió Ricardo, sin ganas de discutir más, y subió las escaleras sin mirar atrás.
Lorena se quedó hirviendo de resentimiento, pensando para sí misma: "¿Perderlo todo? ¿Es que no puede desearle algo bueno a su propia hija?".
—Lorena, ahora que aún hay tiempo de remediarlo, llámela. Si espera más, será demasiado tarde —intervino Felisa con un tono neutro—. Conseguí cierta información y se la acabo de enviar a su teléfono. Échele un vistazo cuando pueda.
A pesar de que Lorena y Bianca se habían pasado los años marginándola y atacándola, nunca habían cruzado la línea del maltrato físico ni le habían hecho un daño irreparable.
Al fin y al cabo, eran familia y no podía simplemente lavarse las manos.
Lorena miró la espalda de Felisa, puso los ojos en blanco con desdén y abrió distraídamente el archivo que le había enviado.
Cuando leyó el contenido, su rostro se desfiguró y sintió que la sangre se le helaba en las venas.

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