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ÉL ME QUERÍA SUMISA, NO REINA romance Capítulo 164

Ella tomó la carta de compromiso que estaba sobre la mesa y, mirándolo a los ojos, la rompió pedazo a pedazo.

Fue como triturar con sus propias manos lo poco y barato que quedaba de su pasado.

“No...”

Alfonso intentó arrebatársela, pero ya era tarde.

Solo pudo quedarse mirando cómo los trozos de papel caían al basurero, imposibles de reconstruir.

Tenía los ojos rojos, y se veía tan patético como un perro abandonado por su dueño.

“Ahora tengo novio. Es muy celoso y no le gusta que ande perdiendo el tiempo con mi ex. Espero que no volvamos a cruzarnos en la vida”.

Felisa se levantó para irse.

Sus dedos apenas rozaron la perilla de la puerta cuando Alfonso la abrazó con fuerza por detrás.

“Felisa, ¿cómo puedes estar con otro hombre? ¿Cómo puedes desecharme a mí y a todo lo que vivimos?”. Hundió el rostro en el cuello de ella; sus lágrimas frías empapaban la tela, pero a Felisa solo le producía repulsión. No sentía absolutamente nada más.

Luchó con todas sus fuerzas para soltarse, pero los brazos de él la apretaban como tenazas, cortándole la respiración.

Después de varios forcejeos, la paciencia de Felisa se agotó.

Levantó el pie y le clavó el tacón de su zapato directamente en el empeine.

En el instante en que Alfonso la soltó por el dolor, ella se dio la vuelta y le soltó una tremenda bofetada.

“¡Lo que hiciste, hecho está! ¡Te equivocaste y no hay marcha atrás! ¡Deja de rogar como un miserable y conserva un poco de dignidad!”.

Pero Alfonso le agarró la mano y se la llevó de nuevo a la cara.

“¡Golpéame, Felisa! ¡Pégame todo lo que quieras con tal de que se te pase el coraje!”.

Era evidente que no había entendido ni una sola palabra.

Un nudo helado se formó en el pecho de Felisa. Su mirada se volvió de hielo.

Nadie volvería a usar su pasado para chantajearla o lastimarla.

Alfonso palideció y movió los labios temblorosos. “No... no quería lastimarte. Yo... yo fui quien te ayudó a salir de esa oscuridad, tú...”

“Te equivocas”.

Felisa lo interrumpió tajante, mirándolo sin miedo. “Fui yo quien venció a sus propios demonios. Fui yo la que apretó los dientes y salió de esa oscuridad por mi cuenta”.

“Me ayudaste, sí. Pero esa deuda ya te la pagué con creces”.

“Sin mí, seguirías siendo ese pobre diablo lleno de sueños que no tenía dónde caerse muerto”.

La verdad le pegó a Alfonso como una bofetada helada, dando justo en el centro de su orgullo más vulnerable.

Siempre había creído que su éxito y su posición se debían exclusivamente a su propio talento, pero no se había dado cuenta de que fue Felisa quien siempre estuvo detrás, allanándole el camino y empujándolo hasta la cima.

“¿Por qué nunca me dijiste quién eras realmente?”.

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