¿Cuándo lo había estado seduciendo?
Y aunque quisiera hacerlo, dudosamente su cuerpo aguantaría las consecuencias.
El día anterior habían pasado la noche juntos, y anoche, después de la cena, él la había arrastrado a la cama un sinfín de veces. Todavía le dolía todo.
Tenía que admitir que ese maldito hombre poseía una resistencia de otro mundo.
Ahora, impecablemente vestido con un traje de diseñador, había recuperado esa apariencia noble e intocable. Nadie adivinaría el desenfreno feroz de la noche anterior.
Al ver su expresión confundida e inocente, Yahir tragó saliva y su mirada se oscureció un tono más.
—Cuando terminemos de desayunar, ¿subimos para un repaso?
De qué tipo de 'repaso' hablaba era más que evidente.
Asustada, Felisa retiró su mano de inmediato, abriendo mucho los ojos en un claro gesto de alerta.
—¡Yahir, no te aproveches de la situación!
—¿Y quién tiene la culpa de que la señorita Valenzuela sea tan adictiva?
—Lo tuyo es pura gula —bufó ella, cruzándose de brazos—. ¡Ten cuidado o vas a colapsar del cansancio!
Yahir soltó una risa grave y le respondió con una confianza casi arrogante:
—No tienes de qué preocuparte por eso. Te aseguro que mi cuerpo está perfectamente capacitado para dejar satisfecha a la señorita Valenzuela en cada ocasión.
Felisa se puso roja hasta las orejas y le lanzó una mirada fulminante.
¿De verdad era necesario hablar de estas cosas a primera hora de la mañana?
...
Yahir había llamado con anticipación a la agencia. Como Ignacio Casal tuvo un contratiempo y no pudo llegar a tiempo, asignó a Claudia Castillo para que la recibiera.
Claudia era una representante veterana, una leyenda en la agencia. Había sido ascendida por el propio Ignacio y ahora era la vicepresidenta de Estelar Media.
—Señorita Valenzuela, mi nombre es Claudia Castillo, soy la vicepresidenta de la empresa. Todos aquí me llaman Claudia. Si no le molesta, puede llamarme así también.
Se notaba que se cuidaba muchísimo, apenas parecía tener un poco más de treinta años. El trato cercano era ideal.
—Claudia, muchas gracias por las molestias —respondió Felisa con tono educado y amable.
—El señor Casal lamenta mucho no haber podido llegar, pero ya me dejó instrucciones precisas sobre lo que usted busca.
—Señorita Valenzuela, tómese su tiempo. Tengo que atender un asunto urgente.
—No hay problema —asintió Felisa con elegancia.
Justo entonces, Vanessa Rojas caminaba por el pasillo acompañada de Sandra Fuentes. Al escuchar los murmullos del personal, se detuvo y frunció el ceño instintivamente.
—¿De quién están hablando?
Como una de las cuatro divas de la empresa, Vanessa siempre creyó que su belleza no tenía rival. Desde que había ganado el Premio Cristal, se sentía intocable y en la cima del mundo. Nunca había considerado a nadie de la empresa como competencia.
Escuchar a la gente halagar de esa forma a otra mujer la llenó de resentimiento al instante.
Al verla llegar, los empleados se dispersaron como pájaros asustados.
Sandra extendió la mano y agarró al empleado que estaba más cerca.
—¿A dónde creen que van? ¿No escucharon a la señorita Rojas hacerles una pregunta?
El empleado esbozó una sonrisa nerviosa.
—Señorita Rojas...

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