Todo el mundo sabía que Vanessa tenía una relación muy cercana con el dueño de la empresa, por lo que siempre la trataban con un respeto casi exagerado por miedo a ofenderla. Esto, por supuesto, alimentaba enormemente su ego.
Pero si de verdad había llegado una chica más hermosa y con más potencial que ella, ¡no iba a permitirlo!
—¿Qué está pasando? ¿Llegó sangre nueva a la empresa? —Vanessa lo miró de reojo, sondeando el terreno.
Sus ojos se clavaron en Claudia, que acababa de salir de la sala de recepción, y frunció el ceño.
¿Qué clase de novata merecía que la propia vicepresidenta la atendiera en persona?
—Creemos que sí, pero no estamos seguros.
—¿Y es tan bonita? Los escuché poniéndola por las nubes hace un momento.
—No es para tanto. Ya sabe, cada quien tiene un estilo distinto y su propio encanto. Aunque, claro... por más linda que sea, jamás podría compararse con su nivel y estatus en la industria, señorita Rojas.
El empleado terminó de hablar, se tocó el estómago como si estuviera indispuesto y huyó del lugar poniendo cualquier excusa.
Vanessa miró a Sandra, con el rostro endurecido.
—Ve a averiguar qué demonios está pasando.
Desde el amargo incidente en el Club Altamira, Ignacio no se había comunicado con ella y ni siquiera le contestaba las llamadas.
Dicho esto, dio media vuelta y entró a la sala de maquillaje.
El ambiente, que hasta hace un segundo era animado y ruidoso, se congeló por completo en cuanto cruzó la puerta.
Vanessa se dejó caer en su silla exclusiva y ordenó con un tono autoritario e incuestionable:
—Maestro Mesa, maquílleme. Ahora.
Leonardo, que estaba maquillando a Luciana Olmos, detuvo sus manos y la miró con cara de apuro.
—Vanessa, dame un momento. Déjame terminar con Luciana primero, tiene que tomarse unas fotos para la campaña.
—¿Qué me estás diciendo? ¿Acaso crees que yo no tengo prisa?
—Leonardo, no olvides que eres mi maquillista personal, asignado directamente por el señor Casal. Te estoy ordenando que me maquilles a mí primero, ¿y te atreves a darme excusas?
—Lo sé, Vanessa... pero la señorita Claudia pasó hace un rato y me ordenó que me asegurara de tener lista a Luciana para las promocionales. Si rompo el orden, no sabré cómo darle la cara a la vicepresidenta.
Ese comentario solo logró enfurecer aún más a Vanessa.
Si algo odiaba en esta vida, era que usaran el nombre de Claudia o las benditas reglas para someterla.
Luciana apretó las manos sobre sus rodillas y levantó la vista para mirarla fijamente.
—Vanessa, si quieres buscar problemas dilo de frente. ¿Por qué te la agarras con el pobre maestro? ¡Él solo está haciendo su trabajo!
Justo en ese momento, Felisa, que regresaba del baño hacia la sala de visitas, pasó por la puerta entreabierta de la sala de maquillaje y detuvo sus pasos.
Al mirar de reojo a través de la rendija, pudo ver una espalda delgada y firme, y, frente a ella, el rostro arrogante y despótico de Vanessa Rojas.
Quién lo diría. Esa mujer que vendía una imagen de palomita inocente perdía cualquier rastro de belleza cuando mostraba su verdadera cara.

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