Luciana también era considerada una de las cuatro divas, solo que en esa producción había aceptado un papel secundario. Pero si se trataba de trayectoria o popularidad, jamás le había temido a nadie.
El rostro de Vanessa se ensombreció.
—¿Quién te dio permiso para hablar? Eres solo una segundona, ¿y te atreves a levantarme la voz?
—Una segundona sigue siendo una actriz de la producción. Las fotos promocionales tienen su propio horario; los de apoyo vamos primero y los protagonistas después. Esa es la regla impuesta por los directores, no me la inventé yo.
Luciana mantuvo un tono calmado, sosteniéndole la mirada sin una pizca de miedo.
—El maestro Mesa está siguiendo el protocolo. ¿Con qué derecho te atreves a romper las reglas y acosar al personal solo porque eres la protagonista?
—¿Reglas? —Vanessa soltó una carcajada amarga—. ¡En esta agencia, la única regla soy yo!
—Si quieres creerte una diva inalcanzable, hazlo, pero no uses a la gente como saco de boxeo.
Luciana la miró de arriba abajo con una frialdad cortante.
—Andas por la vida presumiendo tu Premio Cristal, creyéndote la gran cosa. Pero en el fondo... ¿de verdad crees que ese premio y este papel siempre fueron tuyos?
Vanessa palideció de golpe.
—¡De qué estupideces estás hablando!
—Tú sabes perfectamente si es una estupidez o no.
Luciana continuó, implacable:
—La actriz elegida originalmente para esa película era yo. Si no fuera porque tienes una boquita muy dulce para adular y porque no te importó vender hasta el alma por conseguir patrocinadores, esta oportunidad jamás habría llegado a tus manos.
—Te robaste una oportunidad que me pertenecía, conseguiste un premio, ¿y ahora crees que estás por encima de todos? Toda la fama que tienes fue robada. ¿De verdad te sientes con derecho a humillar a la gente?
Al ver su secreto expuesto, Vanessa perdió el control.
—¡Cállate la boca! A fin de cuentas, a ti te falta talento. ¿A quién puedes culpar?
—Es cierto. Me falta tu talento para revolcarme en cualquier cama.
—¡Luciana, cómo te atreves a difamarme así!
Vanessa se lanzó hacia adelante, levantando la mano con furia para abofetearla.
[Tienes veinte minutos para conseguirme todos los antecedentes de esta chica.]
Cuando Claudia regresó a la sala, notó que Felisa ni siquiera estaba mirando la tableta. Simplemente estaba sentada en silencio, sosteniendo su taza de café. Su espalda estaba erguida y su mirada se perdía por la ventana, emanando una clase y un refinamiento abrumadores. Tenía una piel de porcelana, y el perfil de su rostro era de una delicadeza absoluta, casi irreal.
Claudia había estado en la industria del entretenimiento por casi veinte años, manejando a un sinfín de celebridades. Pero jamás en su vida había visto a una mujer tan impresionantemente bella como Felisa Valenzuela.
Si esa mujer decidiera entrar a la industria del espectáculo, barrería con todas. No tendría rival.
—¿Encontró a alguien de su agrado, señorita Valenzuela?
Claudia le sonrió, tomando asiento frente a ella.
—Esta chica me parece bastante interesante —dijo Felisa dando un toque ligero a la pantalla, señalando la foto de Luciana.
Claudia le echó un vistazo y, sin perder la postura, intentó disuadirla con sutileza.
—Luciana es una de las grandes de la agencia, pero es muy... temperamental. No sabe cómo adaptarse al medio y su fama no está al nivel de las demás. ¿No le gustaría considerar a alguien más?
Mientras hablaba, deslizó la pantalla estratégicamente para mostrar el portafolio de Vanessa Rojas.

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