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ÉL ME QUERÍA SUMISA, NO REINA romance Capítulo 200

—Serás la única embajadora de Vitti que reconoceré. Aún no traigo los papeles, pero mi equipo te hará llegar los términos del contrato en menos de tres días. Todo será bajo los estándares de una campaña de lujo de primer nivel.

Luciana estaba estupefacta.

—¿De verdad confía tanto en mí?

Los labios de Felisa se curvaron en una sonrisa, y habló con absoluta convicción.

—Tengo buen ojo para las personas y me fío de mi instinto. Lo único que necesito saber es si aceptas. Si me dices que sí, me encargaré personalmente de arreglar absolutamente todo lo relacionado con la marca. Y mientras seas el rostro de Vitti, te aseguro que nadie se atreverá a humillarte.

Confiaba en que, solo por respeto a Enzo, Ignacio Casal le daría ese privilegio.

Se sentía un poco como usar influencias ajenas, apoyándose en la autoridad que imponía la familia Hernández, pero si era por una buena causa, le daba igual.

Luciana apretó las yemas de sus dedos, intentando dominar la tormenta de emociones que le sacudía el pecho, manteniendo su expresión impecable.

—Es un honor que haya pensado en mí, señora Valenzuela. ¡Acepto!

Semejante oportunidad era como ganarse la lotería; un regalo del cielo que muchos matarían por tener y que ella jamás rechazaría.

La sonrisa de Felisa se ensanchó y la satisfacción brilló en sus ojos.

—Excelente. Mi equipo se pondrá en contacto directo con Claudia para coordinar las fechas, los detalles del contrato y la promoción. Ustedes solo encárguense de apoyarnos.

Luego, volteó hacia la vicepresidenta.

—Claudia, le encargo mucho que cuide de Luciana de ahora en adelante. No quiero que haya ningún inconveniente con la marca.

Claudia se apresuró a hacer una leve reverencia, su actitud no podía ser más servil.

—No se preocupe por nada, presidenta Valenzuela. Todo estará en perfectas manos, se lo garantizo.

Felisa, dando el asunto por terminado, se puso de pie alisándose el traje, luciendo una elegancia arrolladora.

—Ya que cerramos el trato, me retiro. Confío en que será una colaboración muy exitosa.

Al abrir la puerta, notó a lo lejos la figura de un hombre caminando hacia ellas y alzó una ceja con ironía.

—Señor Casal.

Ignacio, con una mano metida en el bolsillo, caminó hasta plantarse frente a ella.

—Veo que valió la pena pasarme tres semáforos en rojo. Alcancé a llegar a tiempo para invitarla a almorzar, señorita Valenzuela.

—La señorita Olmos lo vale.

Ignacio bajó la mirada para revisar su reloj de pulsera.

—Es justo la hora de comer. ¿Me concedería el honor, señorita Valenzuela?

Rechazarlo frente a todos sería un desaire innecesario. Ella asintió.

—De acuerdo. Será un placer.

Ignacio enarcó una ceja y la miró fijamente a los ojos.

—Para nada, el honor es todo mío.

Dicho esto, le indicó el camino hacia el ascensor.

—¡Nacho...!

La dulce voz de Vanessa Rojas rompió el momento. Corrió hasta quedar al lado de Ignacio y se aferró a su brazo con excesiva confianza, soltando un puchero lastimero.

—¿Dónde te habías metido estos días? ¿Por qué no me contestabas las llamadas?

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