—Vayan por alcohol —le ordenó el gerente al mesero.
En pocos minutos, trajeron un pequeño recipiente lleno de alcohol y lo colocaron frente a Sandra.
—Señorita Fuentes, le pido que sumerja sus manos en el recipiente.
Sandra apretó los dedos con fuerza, girando a ver a Vanessa en un grito silencioso de auxilio.
Pero al cruzar sus miradas, Vanessa apartó los ojos, actuando como si nada de eso le importara.
Sandra entendió de inmediato el mensaje. Si la descubrían, Vanessa jamás la defendería. Se lavaría las manos y la abandonaría sin dudarlo.
Por suerte, cuando untó el aceite lubricante en la escalera, había usado guantes.
Así que, aunque remojara sus manos en alcohol, no habría ninguna reacción comprometedora.
Extendió las manos y las sumergió en el líquido.
Las sacó rápidamente y las levantó, mostrándole a todos que sus dedos seguían exactamente igual.
—¡No hay nada! ¡Les dije que no fui yo!
Cristóbal dio un paso al frente. —Le pediré a la señorita Fuentes que sumerja toda la palma y las muñecas en el alcohol.
Esta vez, Sandra no dudó y metió ambas manos por completo en el recipiente.
—Presidenta Valenzuela, dudar de mí con tanta insistencia ya me parece una exageración. Si hay tantas mujeres de cabello corto esta noche, ¿por qué no las llama a todas para que hagan la prueba? ¿Acaso cree que soy el blanco más fácil?
Felisa entrecerró los ojos, pero se mantuvo en silencio.
Al ver que no respondía, Sandra se sintió aún más valiente.
—Si no me da una disculpa hoy mismo, este asunto no terminará aquí. Haré un escándalo hasta que todos se enteren de lo injustos que están siendo.
Vanessa intentó sonreír por un segundo antes de recuperar su expresión seria. Dio un paso adelante y, para defender a Felisa, reprendió a Sandra.
—¡Sandra, la presidenta Valenzuela solo está preocupada por Luciana! ¡¿Cómo puedes ser tan exigente e insolente?!
Luego se giró hacia Felisa y le dedicó una sonrisa cargada de culpa.

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