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ÉL ME QUERÍA SUMISA, NO REINA romance Capítulo 25

El rostro de Felisa se tensó y forzó una sonrisa. "No se te escapa nada. Terminé con él".

"¿A qué te refieres?". Adriana frunció el ceño. "¿Lo ayudaste a llegar a la cima, y ahora que tiene éxito te dio una patada?".

"Fui yo quien lo dejó".

Le contó cómo Alfonso le había sido infiel con su joven asistente, hablando del tema con una calma pasmosa, como si le hubiera ocurrido a otra persona.

Pero Adriana la conocía mejor que nadie. Detrás de esa apariencia serena y fuerte se escondía un corazón destrozado y lleno de cicatrices.

"¡Esa basura humana! ¡Cómo se atrevió a hacerte algo así! ¡Voy a matarlo ahora mismo!".

Adriana explotó como dinamita, atrayendo las miradas confundidas de los demás clientes.

"¡Tranquila, baja la voz!". Felisa la jaló rápidamente para que se sentara y le puso una taza de café caliente en las manos. "¿Quieres que todo el club se entere de que me pusieron los cuernos?".

"¡Ese desgraciado! Te dedicaste por completo a él y a su hogar durante tres años, lo ayudaste a abrirse puertas, le conseguiste contactos y lograste que su empresa saliera a bolsa. ¿Y él? Revolcándose a tus espaldas con su asistente. ¿Acaso no tiene conciencia?".

El pecho de Adriana subía y bajaba agitado; sus ojos echaban chispas. Al tomar las manos de Felisa y sentir lo ásperas que estaban, se le llenaron los ojos de lágrimas. "Tú eres la heredera de los Valenzuela, siempre has tenido una vida privilegiada. ¿Cuándo habías sufrido una humillación así?".

"Sabes que no soy de las que se quedan calladas. Por eso, antes de volver a Santa Fe, le dejé un gran regalo".

Incluso después de escuchar lo que hizo, Adriana no se sentía satisfecha.

"¡Se la dejaste muy barata!".

Seguro que Alfonso la estaba pasando mal ahora, con problemas internos y externos, pero eso no era suficiente.

Su mirada vagó por la zona recreativa del club y de pronto se detuvo.

Vio a un hombre alto con un traje hecho a la medida que resaltaba su figura imponente. Estaba de perfil, hablando en voz baja con alguien, y la luz cálida arrancaba un destello frío de su reloj de platino.

Entrecerró los ojos y, al verlo bien, su espalda le resultó extrañamente familiar. El corazón le dio un vuelco, sus dedos se contrajeron y hasta su respiración se volvió lenta mientras apartaba rápidamente la mirada.

Cuando volvió a mirar, el hombre había desaparecido.

¿Sería su imaginación?

Yahir Hernández era de San Cristóbal; ¿qué estaría haciendo en Santa Fe?

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