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ÉL ME QUERÍA SUMISA, NO REINA romance Capítulo 37

Una fugaz sombra de pánico cruzó por el rostro de Isabella, y su voz tembló. "Lo vi en el tocador de la recámara de mi hermana..."

Anteriormente, había notado que Felisa no se quitaba ese collar ni para dormir, y pensó que con las prisas por irse lo había olvidado. Al ver que la joya era hermosa, antigua y cálida al tacto, un arranque de envidia la llevó a ponérsela.

¿Acaso el medallón tenía alguna historia especial?

Si no, ¿por qué Alfonso se había puesto hecho una furia?

La mirada de Alfonso era tan negra y sombría como la tinta. Apretó la joya con tanta fuerza que los dedos se le entumecieron.

Felisa ni siquiera se había dignado a llevarse la prenda de amor que le entregó.

Durante todos esos días, Alfonso se había aferrado a una falsa esperanza, engañándose a sí mismo con la ilusión de que, en cuanto Felisa se calmara, regresaría y todo volvería a ser como antes.

Recordaba perfectamente el momento en que se lo puso en las manos y le explicó lo mucho que significaba para él. Esa vez, Felisa lo abrazó con ternura, lo miró con ojos llenos de amor y le prometió: Alfonso, lo guardaré como un tesoro, no me lo quitaré en toda mi vida.

Y ahora, se había marchado, dejando hasta la joya tirada.

Isabella estaba paralizada por la mirada asesina de él; no se atrevía ni a respirar, y hasta la punta de los dedos le temblaba.

"¡Lárgate! ¡Y no vuelvas a poner un pie en esta casa nunca más!"

Ciego de ira, Alfonso la agarró de la muñeca, la sacó a empujones y le cerró la puerta en las narices.

"¡Alfonso! ¡Abre la puerta! ¡No me he cambiado de ropa...!"

Los gritos desgarradores desde afuera resonaban en el pasillo, pero adentro reinaba un silencio sepulcral, sin respuesta alguna.

Isabella apretó los puños y se mordió el labio con rabia venenosa... Todo por una maldita joya vieja, ¿ahora se hacía el enamorado empedernido?

¡Había sido él quien se aburrió de Felisa primero! Y ahora que la mujer se largaba, ¿le daba por hacer el papel de mártir?

Adentro, Alfonso había perdido todas las fuerzas; aferraba la joya que aún conservaba un rastro de calor humano y se dejó caer en el sofá, con la espalda rígida pero envuelto en un aura de absoluta soledad.

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