La noche de la gala.
Felisa Valenzuela llevaba un vestido largo y entallado de color claro que caía hasta sus tobillos, resaltando su figura esbelta y elegante.
Maquillaje impecable, el cabello negro caía suavemente sobre su pecho. Bajo las luces brillantes del vestíbulo del hotel, parecía una diosa bajada del cielo; su belleza era tan cautivadora que resultaba imposible apartar la mirada.
Se quedó allí, esperando en silencio.
—¿Felisa?
Una voz amable, pero teñida de incertidumbre, sonó a sus espaldas.
Felisa se dio la vuelta lentamente y, al reconocerlo, sonrió con sutileza. —Julián, cuánto tiempo sin verte.
En los ojos de Julián brilló una innegable admiración.
—Sí, no nos veíamos desde la graduación en la universidad. Han pasado años, Felisa, y estás aún más hermosa.
—Tú también te ves mucho más maduro.
El Julián de entonces era un chico tímido, pero ahora, con su traje blanco, el cabello corto y unos rasgos refinados, irradiaba el encanto de un hombre hecho y derecho.
Julián sonrió. —Hace poco en el grupo de la universidad comentamos sobre organizar una reunión de exalumnos para el próximo lunes. Si tienes tiempo, Felisa, me encantaría que fueras. Hace falta ponernos al día.
—Claro, suena bien.
Felisa respondió por inercia, mientras su mirada recorría discretamente el mar de invitados buscando a Valente.
—Julián, ¿qué te parece si entramos y seguimos platicando adentro?
No olvidaba el verdadero motivo de su asistencia a esa gala. No estaba ahí para recordar viejos tiempos con Julián.
Al escucharla, Julián dudó. —... Felisa, no puedo hacerte pasar.
—Si no tienes espejo en tu casa, al menos búscate un charco de agua para ver tu reflejo.
La expresión de Julián se ensombreció, perdiendo toda su amabilidad. Con voz fría, replicó: —Felisa, sé muy bien que estás compitiendo por la vicepresidencia de la empresa. Si no te ayudo a entrar, olvídate de acercarte al señor Valente. Te estoy dando una oportunidad. ¿Crees que cualquiera tiene el privilegio de asistir a la gala organizada por el joven Castillo?
La familia de Julián había conseguido la invitación únicamente porque tenían negocios con la Familia Castillo.
La mirada de Felisa se volvió gélida. —No necesito tus favores.
—¡Julián!
Una voz dulce y femenina interrumpió la tensión. Era Bianca Valenzuela, que lucía un vestido rojo sin tirantes, ajustado al cuerpo, con una abertura que llegaba hasta la rodilla. La tela de satén la hacía lucir llamativa y despampanante.
Corrió hacia Julián y se aferró a su brazo con excesiva confianza.
Julián le correspondió el gesto y, con falsa lástima, se dirigió a la mujer frente a él: —Felisa, ya me comprometí a entrar con Bianca. De verdad no puedo llevarte, tendrás que buscarte otra manera de pasar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ÉL ME QUERÍA SUMISA, NO REINA