Julián se quedó pálido como un fantasma, clavando su mirada en Felisa.
Sus ojos destilaban un odio profundo.
¡Los presentes finalmente comprendieron que habían sido manipulados por esos dos estafadores!
Poco después, el gerente proyectó el video de seguridad en la gran pantalla LED del salón, revelando toda la farsa.
En las imágenes se veía claramente a Bianca, con copa en mano, acercándose a Felisa y abalanzándose sobre ella, solo para que Felisa, que ya la había visto venir, se hiciera a un lado con gracia.
Al no encontrar resistencia, Bianca cayó directo al suelo. No hubo el más mínimo roce entre ambas.
Luego, se reprodujo el momento en que Bianca se ponía a llorar haciéndose la víctima, secundada por las calumnias de Julián.
La desvergüenza de los dos quedó expuesta en pantalla gigante frente a los invitados, quienes miraban la escena estupefactos ante semejante bajeza.
Bianca sentía que las piernas no le respondían. Estaba tan muerta de vergüenza que dio media vuelta para salir corriendo y esconderse.
Pero al pasar junto a Felisa, esta la tomó firmemente de la muñeca.
—¿Adónde vas con tanta prisa, hermanita?
Con una sonrisa amable en los labios, Felisa le habló en un tono comprensivo. —Aunque me quisiste hundir de la manera más baja, al final del día somos familia. Solo pídeme perdón y te prometo que haré como si nada hubiera pasado.
Hacerse la magnánima era un juego que cualquiera podía jugar.
Bianca forcejeó con rabia. —¡Suéltame, Felisa! ¡Primero muerta antes que pedirte perdón!
Le había destruido su reputación y todavía esperaba que se humillara pidiendo disculpas. ¡Estaba loca!
Con el rostro descolorido y la voz quebrada, Bianca soltó un murmullo: —Lo siento. Luego empujó a Felisa bruscamente, se tapó la cara y huyó a toda prisa, muerta de la vergüenza.
Aprovechando el revuelo, Julián también se escabulló como una rata.
Felisa se giró hacia los invitados y ofreció una disculpa con una cálida sonrisa. —Lamento mucho este mal rato, señores. Mi hermana se dejó llevar, espero que puedan perdonarla.
El ambiente se relajó de inmediato y la bochornosa escena quedó como una simple anécdota sin importancia.
Felisa se acercó a Fabián y le dio las gracias con una ligera reverencia.
—Le agradezco infinitamente su intervención para demostrar mi inocencia, joven Castillo.
—No hay de qué, señorita Valenzuela —respondió Fabián con tranquilidad—. Como dueño del hotel y organizador del evento, no iba a permitir que una bajeza como esta arruinara mi velada.

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