—Bien, te daré una última oportunidad. ¡Pero ahora mismo vas a disculparte con tu hermana!
Bianca apretó los puños y, tragándose su orgullo, bajó la cabeza.
—Hermana, lo siento.
¿Tan obediente?
Un destello de sorpresa cruzó la mirada de Felisa.
¿Desde cuándo Bianca había aprendido a agachar la cabeza con tanta facilidad?
Eso le hizo verla desde una perspectiva diferente.
—Sal de aquí. Tengo asuntos que hablar con tu hermana —ordenó Ricardo.
—Entendido.
Antes de salir, Bianca le lanzó a Felisa una mirada cargada de resentimiento.
—Felisa... ¿Don Arturo Hernández ya se comunicó contigo?
—Por ahora no.
Felisa le hizo un gesto a su padre para que se acomodara en el sofá.
Ella se sentó junto a él y comenzó a preparar un café de especialidad con una elegancia impecable. Sus movimientos eran fluidos y calculados, casi como una danza. El vapor ascendía sutilmente y el aroma tostado del café llenó la oficina.
Le sirvió primero una taza a Ricardo, y luego se sirvió otra para ella, degustándola en silencio.
Ricardo le dio un sorbo y asintió.
—Tu habilidad para preparar un buen café ha mejorado muchísimo en estos tres años.
Felisa bajó la mirada, observando el líquido oscuro en su taza. Sus pestañas temblaron levemente, ocultando las emociones en sus ojos.
Durante los tres años que estuvo lejos de Santa Fe, se había esforzado por mejorar en la cocina y por ser la pareja perfecta para Alfonso Lozano.
Como Alfonso amaba el buen café, ella había tomado clases a escondidas con un maestro barista durante un mes entero.
Cada vez que él trabajaba en casa, ella le preparaba una prensa francesa o un espresso perfecto, y se quedaba a su lado en silencio.
Ahora, al recordarlo, todo parecía una ironía cruel. Pero al menos, no había sido en vano.
—Si te gusta, papá, te prepararé café más seguido.
Ricardo la miró. Viéndola tan serena y madura, su expresión se volvió nostálgica.
—Te pareces cada vez más a tu madre...
—¿De verdad?
—Sí, muchísimo.
—¿Y has descubierto algo sobre cómo desapareció? ¿Hay alguna pista nueva?
Sabía que, durante todos estos años, Ricardo nunca había dejado de buscar a su madre biológica.
Miró la pantalla. Era Yahir.
—¿Señor Hernández?
La voz burlona del hombre resonó al otro lado de la línea.
—Muy bien. Me alegra ver que la señorita Valenzuela no me ha bloqueado. Estoy complacido.
Felisa sonrió con ironía.
—No tuve tiempo. Pero gracias por recordármelo, Sr. Hernández.
—Felisa Valenzuela, atrévete a bloquearme y te juro que al segundo siguiente estaré en la oficina de tu padre tomando un café con él. ¿Quieres apostar?
¡Ese maldito sinvergüenza se atrevía a amenazarla!
—¿Almorzamos juntos?
—Me temo que... no tengo tiempo.
—Je. Ya conseguí invitar a esa persona que te mencioné. Pero si estás muy ocupada, lo dejamos para otro día.
¡¿Por qué siempre le dejaba la miel en los labios?!
Felisa aclaró la garganta y su voz cambió de inmediato a un tono suave y complaciente.
—Sr. Hernández, ¿ya no aguanta una broma? Mándeme la dirección. Nos vemos al mediodía.

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