Yahir ya estaba acostumbrado a sus repentinos cambios de actitud y soltó una carcajada profunda.
—Si lo vemos de esa manera, ¿eso significa que la señorita Valenzuela me debe otro favor?
—¿No te lo compensé ya anoche? —respondió Felisa sin pensarlo.
—Una cosa es una cosa, y otra muy distinta es que anoche te salvé el pellejo...
Ella se quedó callada por un segundo, hasta que la comprensión la golpeó de lleno.
—¿Fuiste tú quien le pidió a Fabián Castillo que interviniera para ayudarme?
—¿Tú qué crees?
Con razón...
En ese momento se había preguntado por qué Fabián Castillo se molestaría en ayudarla, e incluso llegó a pensar que él tenía otras intenciones con ella.
Al parecer, se había hecho ideas en la cabeza.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
Si Fabián Castillo no hubiera intervenido, tal vez el gerente del hotel se habría aliado con Julián Jiménez y, sin pruebas contundentes, a ella le habría tocado cargar con toda la culpa en silencio.
—Te lo estoy diciendo ahora, ¿no?
—...
Felisa bajó la mirada, apretando el celular.
—Entonces, Sr. Hernández... ¿cómo espera que le pague esta vez?
Pero antes de que él pudiera responder, se apresuró a añadir:
—Espero que su apetito no sea tan voraz, Sr. Hernández.
Yahir arqueó una ceja.
—Aún no lo he decidido. Por ahora, queda en tu cuenta pendiente.
—...
Mientras tanto, en San Cristóbal.
Dentro de la oficina de presidencia de Vento Corp, la atmósfera era asfixiante. Alfonso Lozano estaba sentado en el sofá con el rostro ensombrecido.
—¿La encontraron?
—La señorita Valenzuela ya no está en San Cristóbal, está en... —Su asistente dudó un momento—. El mismo día de la boda compró un vuelo directo a Santa Fe.
Desde que la secretaria Isabella Quintana quedó embarazada y se fue con licencia pagada, Hugo Vargas había sido ascendido para trabajar directamente con el Sr. Lozano.
Todo el mundo en la empresa conocía los detalles del escándalo en la boda.
Nadie podía creer que su intachable jefe, a espaldas de la señorita Valenzuela, hubiera tenido una aventura clandestina con su secretaria.
¡Era un completo bastardo!
Pero considerando el excelente salario de su puesto, Hugo solo podía guardarse su desprecio en silencio.
—¿A Santa Fe?
—Así es.
Alfonso frunció el ceño y guardó silencio.
Camila levantó la mirada de golpe.
—¿Me estás diciendo que el Sr. Lozano va a buscarla?
—Sí.
—¡Con qué descaro se atreve a buscarla!
Esa zorra de Isabella Quintana todavía llevaba en el vientre al hijo de ese hombre.
—Créeme, a mí también me da asco lo que hizo. Pero solo somos simples empleados, ¿qué podemos hacer?
—Escúchame bien, Hugo Vargas. No se te ocurra ayudar a ese idiota a lastimar a Felisa. Aunque encuentres dónde está ella, ¡tienes que ocultárselo al jefe! Si no lo haces, terminamos.
—Tranquila, veré cómo manejar las cosas para ayudarla.
De vuelta en la oficina.
Alfonso miraba la comida frente a él sin sentir una gota de apetito.
Desde que Felisa se había ido, no había podido disfrutar de una sola comida.
Antes, ella misma preparaba su desayuno, comida y cena, y se los llevaba personalmente a la oficina.
Ella sabía que él sufría de gastritis, así que le cocinaba platillos bajos en grasa y sal. Eran saludables, pero su sabor siempre era espectacular.
Y al terminar de comer, siempre le preparaba un excelente café con cuidado.
En estos tres años, se había acostumbrado por completo a ser cuidado por ella.
Con un suspiro pesado, abrió uno de los cajones y sacó una delicada cadena con un dije.

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