Entrar Via

ÉL ME QUERÍA SUMISA, NO REINA romance Capítulo 58

El dije era suave al tacto y parecía conservar aún el tenue y característico aroma del perfume de Felisa.

Alfonso se puso la cadena en el cuello y cerró los ojos, sintiendo por un fugaz momento que ella seguía ahí, a su lado.

De repente, una punzada terrible le atravesó el estómago.

Su rostro elegante perdió el color en un segundo. Se agarró el abdomen, apretando los labios que se habían vuelto pálidos por el intenso dolor.

Las pastillas.

Recordaba que Felisa siempre guardaba analgésicos para su gastritis en el escritorio.

Abrió el segundo cajón de la izquierda. Un frasco blanco descansaba silencioso en la esquina.

Lo tomó, desenroscó la tapa rápidamente y se lo llevó a la boca.

Solo para darse cuenta de que estaba vacío.

Entonces recordó que se había terminado las pastillas la semana anterior.

Él nunca se había preocupado por esas cosas.

Siempre era Felisa quien revisaba qué faltaba y reabastecía sus medicinas. Cuando necesitaba calmar el dolor, nunca había faltado una sola pastilla.

—¡Hugo!

Gritó varias veces hacia la puerta.

Nadie respondió.

Aguantando el dolor como pudo, marcó el número de su asistente.

Para cuando Hugo llegó corriendo, Alfonso estaba encorvado sobre el escritorio, con el rostro blanco como el papel.

—Sr. Lozano, ¿qué le pasa?

—Ve... lleva este frasco a la farmacia y cómprame más de este medicamento para el dolor.

Hugo asintió y tomó el frasco.

Regresó diez minutos después.

—Sr. Lozano, el de la farmacia dijo que estas pastillas son una fórmula de medicina natural preparada por un especialista y que no se venden en tiendas. Solo pude conseguirle ibuprofeno.

—¡Dámelo!

Alfonso se lo arrebató de las manos, sacó un par de pastillas y se las tragó con agua fría.

Pero el dolor no cedió en lo absoluto. De hecho, la molestia se hizo mucho más aguda.

Al ver que la situación empeoraba rápidamente, Hugo no dudó y llamó a una ambulancia.

Alfonso había sido huérfano desde pequeño. Muchas veces no tuvo qué comer, y esa vida de pasar hambre le dejó graves secuelas en el estómago. Más tarde, cuando empezó su propia empresa, se la pasaba bebiendo con clientes para cerrar tratos, lo que empeoró su condición al punto de sufrir ataques frecuentes de dolor gástrico.

Pero desde que Felisa comenzó a cuidarlo y a prepararle remedios caseros, sus ataques habían disminuido notablemente en los últimos dos años.

Mientras Alfonso era subido a la ambulancia, Camila lo vio desde lejos y murmuró entre dientes: «¡Bien merecido!»

De inmediato, sacó su teléfono y marcó un número.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: ÉL ME QUERÍA SUMISA, NO REINA