Al parecer, le daba mucha importancia y estaba muy ilusionada con esta oportunidad.
Felisa mantuvo una expresión serena, pasó de largo y bajó las escaleras sin decir nada.
—¡Felisa Valenzuela! ¡Ignorar a los demás cuando te hablan es de muy mala educación!
Bianca corrió tras ella, con una certeza asomando en su mirada. No creía que a Felisa realmente no le importara; seguro estaba fingiendo indiferencia mientras por dentro se moría de celos.
Quería verla desesperada y envidiosa a toda costa.
—¿Qué pasa aquí?
En el comedor, Ricardo estaba desayunando mientras leía las noticias. Levantó la vista al escuchar el ruido y vio a las hermanas entrar una detrás de la otra.
Felisa se sentó directamente a su lado, pero Bianca eligió a propósito el asiento frente a ella, dejando clara su intención de confrontación.
Las empleadas sirvieron el desayuno y lo colocaron frente a cada una.
Felisa tomó un pan tostado, le untó un poco de mermelada y le dio un mordisco con calma antes de hablar con voz suave.
—Papá, Bianca tiene buenas noticias que contarte.
—¿Ah, sí? —Ricardo posó la mirada en Bianca—. ¿Qué buenas noticias?
La sonrisa de Bianca se ensanchó aún más, y su tono delataba un orgullo inocultable.
—Hace un momento recibí una llamada de Valente; me pidió que fuera a su oficina en un rato.
Una pizca de asombro cruzó los ojos de Ricardo.
—¿Lograste convencer a Valente?
—Por supuesto —levantó la barbilla—. Dijo que la propuesta que hice estaba muy bien y que consideraría seriamente trabajar con nosotros. El hecho de que me llamara tan temprano hoy significa que vamos a cerrar la firma del contrato.
—¡Excelente trabajo! —Ricardo la elogió de inmediato y luego le advirtió—. Cuando estés allá, cuida tus palabras y tus acciones, no dejes en mal el nombre de los Valenzuela.
—Entendido, papá.
Bianca asintió, mirando de reojo a Felisa con el corazón saltando de alegría.
Su padre la había elogiado delante de Felisa; eso era algo que rara vez ocurría.
Era evidente que ya había perdido, pero seguía aparentando frente a su papá y diciendo tonterías. Lo que más detestaba era ver a Felisa con esa actitud de tener todo bajo control; le revolvía el estómago.
Después del desayuno, Bianca no perdió el tiempo; agarró su bolso, se subió a su BMW descapotable y arrancó con arrogancia.
Felisa condujo hasta la oficina, sin prisa por contactar a Elena.
Se quitó el saco, dejándolo casualmente sobre el respaldo de su silla. Luego, sacó de la vitrina una bolsa de café recién abierto y preparó una cafetera con total tranquilidad.
El vapor se elevó, impregnando el espacio con el intenso y reconfortante aroma del café.
Se hundió en el amplio sillón de cuero, sosteniendo una taza de porcelana blanca con la punta de los dedos. Bebió pequeños sorbos con expresión serena, sin mostrar ni un ápice de ansiedad. Al contrario, aprovechó ese instante de paz para organizar mentalmente sus siguientes pasos.
A las diez y media, el celular sobre el escritorio sonó, rompiendo el silencio de la oficina.
Felisa levantó la mirada y la fijó en la pantalla parpadeante. Al leer el nombre, una leve sonrisa iluminó sus ojos.
Con un grácil movimiento de dedo, contestó la llamada con voz cálida y tranquila.
—¿Elena?

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