Media hora después, Felisa llegó al estacionamiento abierto de Vitti.
Apenas cruzó el umbral del edificio, un hombre de traje impecable se le acercó; el gafete que colgaba de su cuello era perfectamente visible.
Felisa lo escrutó con disimulo.
Asistente de presidencia: Alan.
—¿Es usted la señorita Felisa Valenzuela?
—Así es.
—Soy Alan, el asistente de Elena. La presidenta me pidió que viniera a recibirla. Por aquí, por favor —indicó con un gesto amable y cortés.
Felisa lo siguió hasta el ascensor exclusivo de presidencia. Tras pasar su tarjeta de acceso, Alan marcó el piso y el elevador ascendió suavemente, deteniéndose en el último nivel.
Caminaban por el amplio y silencioso pasillo cuando se toparon de frente con Valente y Bianca. Esta última ya no tenía ni rastro de la presunción matutina; llevaba el rostro tenso y una expresión amarga que no podía ocultar.
Al ver a Felisa, Bianca frunció el ceño con violencia y habló con una mezcla de sorpresa e indignación.
—¡Felisa! ¿Qué haces tú aquí?
Felisa detuvo un poco el paso y la miró con absoluta calma.
—Vine por el mismo motivo que tú, obviamente.
—¡Imposible! —Bianca la agarró bruscamente del brazo, clavándole sus perfectas uñas en la piel, con la furia asomando en su mirada—. ¿Acaso tú saboteaste esto?
Estaba segura de que ya tenía el contrato en el bolsillo, pero cuando se reunió con Elena, la presidenta revisó su propuesta y la evaluó fríamente con unas pocas palabras: pura fachada, sin ninguna viabilidad.
Felisa frunció el ceño, se soltó de un tirón y habló con frialdad.
—Bianca, no culpes a los demás de tus fracasos. En vez de ponerte histérica, deberías reflexionar y ver en qué te equivocaste.
Dicho esto, sonrió y miró al hombre que acompañaba a Bianca.
—¿No es así, Valente?
Valente estaba pálido. Acababa de llevarse una reprimenda por parte de Elena. De no haber sido por un favor personal, jamás se habría metido en ese embrollo.

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