Justo cuando estaba a punto de desmaquillarse, su celular sonó. Era una llamada de Adriana Castro.
—Amiga, ¿cenamos en El Remanso?
Felisa aceptó sin dudar.
—Te veo en un rato.
Al bajar las escaleras, vio que la niñera acababa de entrar a la casa de la mano de Sebas. El niño llevaba una mochilita en la espalda y daba pasitos cortos; se notaba que acababa de salir de la escuela.
—Sebas, ven con mamá.
Lorena sonrió con ternura y le hizo señas con la mano.
Sebas iba a correr hacia ella, pero de repente vio la figura que bajaba por las escaleras y se le iluminaron los ojos.
—¡Felisa!
Su voz infantil rebosaba alegría.
Los labios de Felisa se curvaron en una sonrisa.
—¿Sebas ya salió de la escuela?
—¡Sí! Felisa, hoy saqué un cien en mi examen y la maestra me regaló un caramelo de leche. Toma, es para ti.
Corrió hacia ella, sacó el dulce de su bolsillo con sus manitas y se lo ofreció con mucha seriedad.
Felisa extendió la mano y le acarició suavemente el cabello.
—Ese premio te lo ganaste tú. Cómetelo.
¿Cómo iba ella a quitarle un dulce a un niño?
—¡Sebastián, yo también soy tu hermana! Si ella no lo quiere, dámelo a mí, a mí me encantan los dulces.
Bianca salió de la cocina con un plato de frutas. Al ver a su hermano menor tratando de ganarse a la persona que más detestaba, se le descompuso la cara.
—Pero Felisa, lo guardé todo el día para dártelo a ti.
Como si temiera que se lo arrebataran, Sebas metió el dulce rápidamente en la mano de Felisa, lanzándole una mirada desconfiada a Bianca.
Bianca estaba que echaba chispas.
¿Quién demonios era su verdadera hermana?
Felisa se quedó atónita por un segundo. Bajó la mirada hacia el dulce en su palma y no pudo evitar sonreír.
Se agachó frente a él y desenvolvió el caramelo con cuidado.
—Sebas, abre bien la boca.
El niño obedeció sin chistar.
Con un rápido movimiento, Felisa le dejó caer el dulce en la boca.

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