—Yo creo que es mejor algo elegante, delicado y discreto, eso seguramente le gustará más.
Por naturaleza, Felisa era una chica tradicional; la habían criado para ser recatada y seria, por lo que no le salía ser desenfrenada ni provocativa.
...
—Señor Lozano, ya tengo la tarjeta de la habitación. Podemos subir.
Hugo salió y, al verlo paralizado en la entrada mirando fijamente a lo lejos, no pudo evitar llamarle la atención.
—Hugo, acabo de ver a Felisa.
—Usted... ¿no cree que se equivocó?
—Es imposible que me equivoque.
Estuvieron juntos tres años; nadie la conocía mejor que él.
Incluso si Felisa se convirtiera en cenizas, sería capaz de reconocerla a simple vista.
Hugo puso los ojos en blanco disimuladamente.
Ese desgraciado patán... aunque no se hubiera equivocado, debería tener un poco de dignidad y no acercarse a molestar a quien ya no lo quiere.
De reojo, notó algo.
—Secretaria Quintana, ¿qué hace usted aquí?
Isabella Quintana corrió hacia Alfonso, con los ojos ligeramente enrojecidos.
—Alfonso, te extrañé. Déjame quedarme a tu lado, por favor. Juro que no causaré problemas.
Acarició su vientre con suavidad y añadió con voz dulce:
—El bebé también extrañaba a su papá.
Tomó la mano de Alfonso y la colocó sobre su vientre.
Él retiró la mano de un tirón, con la mirada sombría.
—Isabella, ¿me estabas siguiendo?
—Alfonso, solo estaba muy preocupada por ti. Sé que viniste a Santa Fe a buscar a Felisa. Cuando la encuentres, estoy dispuesta a ayudarte a darle una explicación. Me arrodillaré para suplicarle perdón... Y cuando tenga al bebé, desapareceré para siempre, no volveré a molestar a su pequeña familia de tres.
Familia de tres.
Esas palabras apuñalaron a Alfonso directamente en el corazón.
Como huérfano desde pequeño, deseaba más que nadie tener un hogar cálido y completo.
Alfonso bajó la vista y la miró fijamente.

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