Resultó que los baños del primer piso estaban en mantenimiento.
No le quedó de otra que subir al segundo piso.
A diferencia del bullicio del primer piso, el segundo estaba vacío y silencioso.
Un grupo de personas venía de frente.
El hombre que iba a la cabeza llevaba un traje negro de alta costura hecho a medida. La tela era una lana italiana de excelente caída, que bajo la luz emitía un brillo discreto pero muy lujoso.
Los hombros parecían cortados a la perfección y el entalle en la cintura era impecable, resaltando su espalda ancha y postura firme.
Los sobrios gemelos en las mangas ocultaban un lujo discreto, y cada uno de sus pasos irradiaba una nobleza y una autoridad innatas.
Felisa detuvo su paso y sintió pánico.
No se imaginó que se lo encontraría precisamente ahí.
Justo cuando dudaba si saludarlo o no, el hombre pasó por su lado junto con su grupo, mirando directamente al frente, sin siquiera dedicarle un vistazo.
No fue hasta que desaparecieron dentro de un salón privado que el cuerpo tenso de Felisa finalmente se relajó.
De repente, sintió una punzada de decepción en el pecho.
Al parecer, el mensaje de texto de esa mañana le había quedado muy claro.
Estaba bien así. De ahora en adelante, serían dos completos extraños.
Ese pasado furtivo y prohibido quedaría atrás, y cada uno seguiría con su vida.
Tras calmarse un poco, salió del baño a paso lento, hablando por teléfono.
De pronto, una mano grande y firme salió de la puerta del salón privado a su lado, la agarró del brazo y, sin darle oportunidad a decir nada, la jaló hacia adentro.
—Tío Santiago, ¿la información que me dio es... ¡Ah!
Su rostro palideció y dejó escapar un pequeño grito.
Al segundo siguiente, aterrizó en un abrazo firme y ardiente. El inconfundible y frío aroma a sándalo la envolvió por completo.
Levantó la vista y chocó con los ojos oscuros y profundos del hombre.
Ella desvió la mirada, presa del pánico.
—Lo importante es que ambos disfrutamos mucho esa noche, ¿verdad?
—Te ayudé a conseguir el proyecto de Vitti, ¿y crees que con pasar una noche conmigo ya saldaste la deuda? —Sonrió de manera inescrutable—. ¿Acaso parezco un hombre al que se pueda despachar tan fácilmente?
Felisa se mordió el labio.
—Ya nos acostamos un par de veces, ¿no me diga que se enamoró de mí?
—No llegaría al punto de decir que me enamoré, pero ambos congeniamos bastante bien en ciertos aspectos. Si quisieras una relación a largo plazo, no me opondría.
—¡Yo sí! —La sonrisa de Felisa se desvaneció—. Usted sabe que me voy a casar con alguien más, así que es imposible que tengamos algo a largo plazo, ni tampoco quiero seguir enredada con usted.
La familia Hernández era todopoderosa. Si ya había decidido casarse con Enzo, no se atrevería a seguir viéndose a escondidas con otro hombre, o terminaría muy mal.
Él soltó una carcajada baja, y su tono denotaba cierta burla:
—Solo es un matrimonio por conveniencia. No hay ninguna base emocional entre ustedes. A mí no me importaría ser el tercero en discordia; no hace falta que finjas ser tan leal.

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