Santiago bajó lentamente por las escaleras, le lanzó una mirada inexpresiva y se sentó en el sofá.
—Señor Lozano, ¿a qué debo el honor de su visita a estas altas horas de la noche?
Alfonso seguía paralizado; temblaba de frío. Levantó la mirada hacia Santiago y, con los labios temblorosos, le dijo:
—Señor Torres, le ruego me disculpe por la intromisión a esta hora. Tengo un par de preguntas que quisiera hacerle.
Santiago dio un sorbo a su té caliente.
—Siéntate y hablemos.
—No es necesario, solo me iré una vez que me responda un par de preguntas.
—Pregunta.
—El capital inicial que me dio hace años no fue porque valorara mi talento o mi ambición. Alguien le pidió que me ayudara, ¿verdad?
Santiago pensaba que venía a exigirle explicaciones por haber retirado su inversión y haber cortado lazos con Vento Corp, pero no esperaba que le preguntara eso.
—Si ya lo adivinaste, ¿para qué tomarte la molestia de venir hasta acá?
¡Así que era verdad!
El cuerpo de Alfonso se estremeció y dio dos pasos tambaleantes hacia adelante.
—Esa persona... ¿era Felisa?
Santiago dejó la taza de té en la mesa y, con voz serena pero clara, le dijo:
—Ese capital inicial fue una inversión de Felisa bajo mi nombre. El apoyo y la orientación que recibiste después también fueron estrictamente por encargo suyo.
—¿Por qué? —Su voz sonaba áspera—. ¿Qué relación tienen ustedes?
Santiago comenzó a relatar poco a poco una historia del pasado.
—Yo solo estaba cumpliendo la promesa que le hice al viejo señor Valenzuela hace años. Simplemente no esperaba que ella usara ese favor en ti.
Él era un hombre de gran peso en San Cristóbal, cuyas palabras valían oro, y una promesa suya valía más que cualquier fortuna.
Los dedos de Alfonso se crisparon hasta formar puños apretados; su respiración se aceleró hasta casi salirse de control.
—Entonces ella... ¿tiene otra identidad?
Santiago lo observó con intensidad durante unos segundos, con un tono cortante:
—Eso no me incumbe. Pero sea quien sea, le fallaste por completo a una mujer que te entregó su corazón con toda sinceridad.
—Fui un idiota y cometí un error. Le fallé. ¿Sabe usted dónde está viviendo? Quiero ir a recuperarla.
—No lo sé. Desde que se despidió de mí y dejó San Cristóbal, no hemos vuelto a hablar.
El arrepentimiento que llega tarde no vale nada.

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