—Así es, papá. Lorena y Bianca se preocupan tantísimo por mí. Tenían tanto miedo de que el señor Hernández se enterara de mi pasado en San Cristóbal después de la boda y se enojara conmigo, que decidieron adelantársele y contarle todo para prepararlo.
Sonrió con dulzura, hablando sin prisa. Dejó la taza de café suavemente sobre la mesa y se levantó despacio.
Sin molestarse en mirar las caras de aquellas dos, soltó un ligero bostezo.
—Estoy agotada. Me voy a mi cuarto a descansar.
Ricardo la miró alejarse y le sugirió:
—Toma un baño caliente antes de dormir, te ayudará a relajarte.
Cuando Felisa desapareció al final de las escaleras, Ricardo se volvió lentamente, clavando una mirada severa en las otras dos mujeres.
—¿Exactamente de qué les serviría arruinar la alianza con los Hernández?
—¡Y tú, Bianca! ¡¿Cómo te atreves a desear al prometido de tu propia hermana?!
—Te lo advierto, si este matrimonio se viene abajo, de todos modos no será para ti.
A Bianca se le hizo un nudo en la garganta y sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.
—Papá, ¿por qué ella sí y yo no? ¿Acaso para ti yo valgo tan poco comparada con Felisa?
Sin esperar respuesta de Ricardo, dio media vuelta y corrió llorando a su habitación.
Ricardo señaló a Lorena con evidente indignación.
—¡Ahí tienes a la hija que criaste! ¡Tú eres la que le permite todas estas locuras!
—Ricardo, yo sé perfectamente que en tu corazón solo existe la madre de Felisa —Lorena lo miró con resentimiento, su voz cargada de amargura—. Pero al menos te he dado hijos y he estado a tu lado por más de veinte años. Bianca también es tu sangre. ¿Por qué no puedes pensar un poco en ella ante una oportunidad así?
—Si no fueras tan favoritista, Bianca no tendría que estar compitiendo contra Felisa por todo.
...
—¿Qué te pasó en el labio?
Preguntó Joaquín Hernández, esbozando una sonrisa al ver a su sobrino con expresión lúgubre y un evidente aire de frustración contenida.
Yahir lo miró de reojo y tomó asiento en el sofá frente a él.
—Tío, no te metas en mi vida privada.

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