No quería quedarse ahí ni un segundo más.
El vuelo más temprano era a las dos de la mañana.
Faltaban cuatro horas.
Cuando terminó de empacar, bajó por algo de comer: quería llenar el estómago antes de irse.
Se quedó en un rincón comiendo, extrañamente tranquila.
Después de decir “terminamos” y cortar una relación de diez años, no se sentía tan destrozada como había imaginado.
Tal vez porque llevaba rato preparándose mentalmente.
Ya había aceptado, desde antes, cuál iba a ser el final.
Y cuando por fin llegó, lo único que sintió fue alivio.
Solo quería comer en paz, sin hablar con nadie… pero siempre había alguien que tenía que fastidiar.
Amelia Requena se acercó con aire altivo, se sentó en el sillón y la miró por encima, como si fuera obvio.
—El medicamento especial de la abuela ya casi se acaba. Dile a tu amiga que mande más.
Amelia, la tía de Nazario, siempre había menospreciado a Aitana y aprovechaba cualquier oportunidad para darle órdenes.
Antes, por no incomodar a Nazario, Aitana se quedaba callada: lo dejaba pasar.
Amelia la trataba como si fuera de plastilina; nunca cuidaba el modo.
La señora mayor de los Requena tenía una enfermedad en la sangre y cada mes necesitaba un medicamento raro importado.
Era difícil de conseguir: aunque tuvieras dinero, no era seguro. Solo se podía con contactos.
Una excompañera de cuarto de Aitana, de la universidad, se había casado con un profesor de medicina en el extranjero y, por casualidad, podía conseguirlo.
Para quedar bien con los Requena, Aitana se había endeudado con ese favor y le pidió ayuda una y otra vez.
Pero en esa familia lo daban por hecho.
Ahora que ya había terminado con Nazario, no tenía por qué seguir complaciendo a nadie.
Aitana se limpió la boca y se levantó.
—Ese medicamento ya no lo puedo conseguir. Arréglenselas ustedes.
Cada vez que pedía un favor, le daba pena; sentía que quedaba a deber.
Lo que más odiaba era deberle a la gente.
Y ahora, por fin, ya no tenía por qué forzarse.
Amelia no se esperaba ese tono. Se quedó pasmada.
—¿Cómo que no puedes? ¿No que tenías una amiga allá afuera, casada con un profesor de medicina? Pues dile que siga ayudando.
Aitana la miró sin emoción.

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