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EL REGRESO DEL CEO: RECLAMADA POR MI CUÑADO romance Capítulo 3

“Si alguna vez necesitas algo, Vienna, no dudes en llamarme.”

Eso me había dicho el abogado Gregory hace mucho tiempo y esperaba que esas palabras fueran en serio y no una simple cortesía.

Lo conocí cuando aún era una Harlow y era de las pocas personas que aún me hablaban después de convertirme en la esposa defectuosa de los King.

Por eso concreté una cita con él para exponerle mi caso de divorcio. No nos reuniríamos en su despacho sino en un club privado para mantenerlo en secreto.

El plan era fácil. Fingir ir al doctor, que el chofer me dejara frente al hospital y luego pedir un taxi que me llevará a la verdadera ubicación.

Sentía el corazón atascado en la garganta ante lo que estaba a punto de hacer. Era como si el terror de los King se hubiera clavado en mi nuca. Pero necesitaba ser fuerte, liberarme no solo de las cadenas legales, sino de las emocionales.

En el pasillo del gran salón, se podía escuchar gritos. Era la voz de Genoveva y Pietro. Discutían.

—¡Volvió! —gritó mi suegra. Un sonido quebradizo llegó a mis oídos—. ¡Vendrá por nosotros!

—¡Deja de gritar de una vez, mujer! No ayuda en nada —respondió mi suegro, tajante.

Debería haber retrocedido, esperar a que dejarán de discutir. Pero no pude evitarlo, necesitaba saber la razón por la que peleaban.

Normalmente, no peleaban entre ellos sino que gastaban su frustración en humillarme e insultarme.

Empujé las ruedas de mi silla, asomándome. Todos estaban allí. Pietro King, con el ceño fruncido, sentado en el mueble de gran tamaño. Genoveva, su esposa, caminando de un lado a otro, a punto de arrancarse el cabello con las manos. Theodore, sentado en el sillón, con gesto cansado, su mano apoyada en la sien. Incluso Amelia estaba ahí, a su lado, acariciando el brazo de mi esposo con preocupación. Cómo si fuera parte de la familia. Cómo si fuera la esposa de Theodore.

Si tanto quiere ese puesto, yo con gusto se lo regalo.

Mis ojos rápidamente se desviaron a la pantalla del televisor.

“MAXIMILIAN KING REGRESA AL PAÍS TRAS DOS AÑOS DE AUSENCIA”

¿Actuaban así por qué su hijo mayor regresó? ¿No deberían estar felices? Espera. ¿Eso significaba que apenas se estaban enterando? Pero… Él estuvo ayer aquí, dentro de esta mansión. ¿Nadie se dio cuenta?

Entendía que no se marchó de la mejor manera, pero considerando que eran sus padres, deberían estar aliviados de que volviera.

—Cálmense —Intervino Theodore—. Tal vez solo viene por negocios…

—¿Negocios? —Pietro soltó una risa amarga—. ¿Tú crees que ese hombre hace algo sin un propósito? Es más que obvio lo que quiere y no se lo vamos a permitir. No le vamos a dar nada. Mucho menos a ella, es nuestro seguro.

¿Ella?

—Padre, sigues siendo el patriarca de esta familia y el dueño de la compañía eléctrica más sólida del país. Él no tiene poder aquí.

—¿No tiene poder? —Pietro lo fulminó con la mirada—. ¡Ese hombre construyó un imperio desde cero! ¡Creó su propia compañía de energía renovable que compite directamente contra la mía mientras tú te dedicabas a jugar con secretarias! ¡No subestimes a tu hermano, Theodore! Él no es como tú.

Theodore apretó los dientes, molesto. Lo inferior que se sentía ante su hermano mayor era su talón de Aquiles.

El insulto fue tan certero que no pude evitar reírme.

Los cuatro pares de ojos se giraron en mi dirección, percatándose de mi presencia.

—¿Crees qué es gracioso? —Genoveva se acercó hasta donde estaba, sus tacones resonando en la cerámica—. No te hagas ilusiones, no has ganado.

¿Ganado? ¿De qué rayos habla esa mujer desquiciada?

Por un segundo pensé que se refería a mi relación pasada con Maximilian, pero era imposible. Guardamos bien el secreto, jamás se lo dijimos a nadie.

—Buenos días —hablé con tranquilidad, ignorando su provocación como ya era costumbre—. Solo pasaba a desayunar antes de salir.

—¿Salir? —Pietro entrecerró los ojos—. ¿A dónde?

—Tengo una consulta médica —Dejé que las palabras salieran con naturalidad—. El doctor quiere evaluar mi progreso antes de programar la cirugía.

—Progreso — Theodore soltó una risa burlona—. ¿Qué progreso, Vienna? Llevas dos años sin mover esas piernas. Y esa cirugía solo será un gasto más con el que tendremos que lidiar para que al final no sirva.

Mis manos se cerraron en las ruedas hasta que mis nudillos palidecieron.

—Que no se te olvide que más del sesenta porciento es pagado a través de fundaciones que me han ayudado mientras que ustedes a regañadientes y para cumplir con las apariencias, me dan el resto —hablé con convicción—. Tienen tanto dinero y no son capaces de ayudar como es debido a pesar de estar en esta silla de ruedas por su culpa.

Una presión se liberó en mi pecho al decir por primera vez la verdad ante mis suegros. Siempre querían que yo sintiera vergüenza, pero eran ellos quienes debían sentirse avergonzados.

La bofetada me tomó desprevenida, mi cabeza se giró a un lado. El ardor se adueñó de mi mejilla. Por un segundo, no fui capaz de procesar lo ocurrido.

—Malagradecida —Me soltó Genoveva—. Te hemos dado techo, comida, buena ropa, protección y así nos hablas. Mi hijo desperdicia su vida a tu lado y aún te atreves a reclamarnos.

—Su hijo no está desperdiciando nada. Mírelo, cogiendo con una zorra escaladora y ustedes lo protegen como si estuviera hecho de oro.

Ella agrandó la boca, impactada. Normalmente, no respondía a sus provocaciones, aguantaba en silencio mientras me menospreciaba para agrandar el frágil ego de su hijo. Pero ya no podía soportarlo más. Ver a la amante de mi esposo ganarse a los suegros que tanto me han maltratado fue la gota que colmó el vaso.

Genoveva estaba lista para replicar, pero Pietro intervino.

—Ya, Genoveva. Deja que la invalida se vaya a su cita médica. No vale la pena perder el tiempo discutiendo con ella.

C3: La cláusula de los King 1

C3: La cláusula de los King 2

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