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EL REGRESO DEL CEO: RECLAMADA POR MI CUÑADO romance Capítulo 5

El agua me empapó de pies a cabeza, el frío filtrándose en mis huesos.

Me quedé paralizada, incrédula.

Al levantar la vista, la vi.

Sus ojos azules clavados en mí con rabia, como si quisiera matarme.

—¡Sabía que estabas tramando algo, maldita traidora! —exclamó Genoveva, aún con la cubeta entre sus manos—. ¡No permitiremos que te salgas con la tuya!

Me aparté los mechones mojados del rostro, tratando de procesar lo que ocurría.

Esa desquiciada mujer…. ¡Me arrojó una cubeta de agua helada encima!

—¿Qué rayos cree que hace? —grité, estremeciéndome ante el frío del aire acondicionado combinando con el agua.

—Así se refresca a las perras que se creen más de lo que son —Arrojó el balde, cayendo a mi lado con un sonido estridente—. Sospechaba que tramabas algo, por eso te mandé a seguir al hospital. ¡Y te vi, desgraciada! ¡Vi como esperaste que nuestro chófer se marchara para escaparte en un taxi e ir a un club! ¿Qué hacías ahí? ¿Te andas vendiendo para pagar tu cirugía? ¿Quienes son los degenerados que se fijarían en una mujer como tú?

Apreté los dientes, incapaz de responder.

Me habían descubierto.

Por primera vez desde que estoy en esta mansión, se me ocurre escaparme y soy atrapada.

La sal es mi compañera de vida, al parecer.

—No me falte el respeto. Yo jamás vendería mi cuerpo y que lo sugiera habla más de usted misma que de mí —hablé con convicción, ignorando el hecho de que mis dientes castañeaban. Un movimiento involuntario por el frío—. Por ahí dicen que el ladrón juzga por su condición.

Esta vez, cuando levantó la mano para abofetearme, estaba preparada. Detuve su mano en el aire. Se apartó, con una horrible mueca.

—¡Eres una descarada! Entonces, ¿lo vas a negar? ¿Qué hacías ahí?

Apreté los labios en una línea fina, sin decir una palabra.

Era mejor que creyera que le estaba siendo infiel a Theodore. Si descubría que fui con un abogado de divorcio, las cosas empeorarían. Y más por mí encuentro con Maximilian.

—¡No finjas inocencia, Vienna! Aunque dudo que te estés vendiendo. Nadie pagaría por una muñeca rota. Seguro tuviste que pagarle a alguien para que se acostara contigo —Intervino Theodore, el cual apenas me estaba percatando de su presencia. Ahora que me fijaba en mi alrededor, todos estaban ahí. Incluso Pietro y Amelia. ¿Qué clase de intervención era esta?—. ¿Es tu forma de vengarte? ¿Tanto te dolió que prefiera a Amelia antes que a ti? Escucha muy bien, no dejaré que te burles de mí de esa forma, ni que me conviertas en el hazmerreír de nuestro círculo al acostarte con otro hombre.

—¿Y tú si puedes burlarte de mí follándote a tu secretaria? ¡Eres un cínico!

—¡No es lo mismo! —gritó, enfurecido como nunca lo había visto.

Su mandíbula estaba apretada, sus ojos negros me miraban con un odio que me atravesaba.

¿Cómo podía ser tan injusto, tan cruel?

Tuvo sexo con esa mujer en nuestra cama, se ha pasado todo nuestro matrimonio humillándome, tratándome como si fuera una molestia que esa bala haya atravesado mi columna y no me haya matado. No soportaba recordar aquel momento donde me usó como escudo. Apenas esos delincuentes abrieron fuego, él me atrajo hacía su cuerpo, usándome para cubrirse del tiroteo. ¡Por él perdí la movilidad de mis piernas! ¡Por él he estado confinada a esta silla de ruedas! ¡Y lo peor fueron los noticieros, diciendo que me sacrifiqué por él, que lo protegí como una buena esposa!

¡Lo odio! ¡Lo odio con mi alma! ¡Me lo arrebató todo! Y no tuve más opción que quedarme bajo las amenazas de mi padre, el yugo de Pietro y el estúpido contrato que firmé cuando solo tenía veinte años. Y traté de soportarlo, de poner todas mis esperanzas en mi recuperación, aguantando en silencio los malos tratos.

¡Pero ya no podía más! ¡Los odiaba a todos! ¡A Theodore, Pietro, Amelia y a ese infeliz de Theodore!

—¡Es exactamente lo mismo! —grité desde el fondo de mi garganta—. ¡Y no me interesa, haré lo que yo quiera y con quién quiera! ¡Ya perdí mucho con este asqueroso matrimonio! ¡Eres un maldito infeliz!

Tiró de mi cabello con fuerza, arrancándome de la silla de ruedas. Mi cadera chocó contra el suelo. Fue un golpe fuerte. No pude sentirlo, pero el estrepitoso sonido fue suficiente para saber que me pasaría factura.

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