Dicho esto, se dio la media vuelta para irse.
Micaela soltó una carcajada burlona y luego añadió, arrastrando las palabras:
—Él me dijo que acostarse con su esposa ya no le produce nada.
Los pasos de Adriana se detuvieron. Se giró y miró fijamente a Micaela con hielo en los ojos.
—Señorita Huerta, en ese caso el problema es de su esposo. ¿Por qué no intenta arreglarlo con él? ¿Acaso le falta confianza?
La sonrisa en el rostro de Micaela se congeló de golpe y un destello oscuro asomó en sus ojos. Después de unos segundos, volvió a curvar los labios.
—Me parece que la abogada Jaramillo subestima la obsesión de un hombre por tener un hijo.
En cuanto pronunció esas palabras, y antes de que Adriana pudiera asimilarlo, Micaela avanzó con rapidez y le agarró la mano con fuerza.
Hubo un instante de pura malicia en el rostro de Micaela, y de pronto la soltó bruscamente mientras daba un grito, dando un paso atrás.
Adriana abrió los ojos como platos, totalmente desconcertada.
—¡Tú!
La puerta se abrió de nuevo. Damián vio lo que pasaba, sus ojos se abrieron desmesuradamente, y su primer instinto fue correr para sostener a Micaela.
Pero, al cruzarse con la mirada de Adriana, se obligó a detenerse. Apretó los puños y le hizo una seña al asistente que estaba a su lado.
El asistente captó el mensaje y se apresuró.
—Señorita Huerta, ¿se encuentra bien? Venga, la llevaré con un doctor.
Los ojos de Micaela se enrojecieron, haciéndose la víctima.
—Abogada Jaramillo, yo no le he hecho nada malo, ¿verdad?
Adriana la observaba con frialdad, pensando que su teatro era patético.
Damián miraba la escena, y la forma en que veía a Adriana se enfrió de forma involuntaria, mientras le ordenaba a su asistente:
—Bien, llévala a que la revisen.
¿Desde cuándo Adriana era tan agresiva como para atreverse a empujar a otra persona?
Si algo le pasaba al bebé en el vientre de Micaela, no se lo iba a perdonar.
Las palabras casi salen de su boca, pero logró contenerse a tiempo.
Micaela le lanzó a Damián una mirada suplicante antes de irse apoyada en el asistente.
Damián no la miró, sino que se acercó a Adriana.
—Cariño, ¿qué pasó?
Adriana le respondió con indiferencia:
—La señorita Huerta perdió el equilibrio.
Una luz fría cruzó los ojos de Damián, pero se obligó a sonreír.
—La culpa es de esta alfombra que resbala mucho. Cariño, ¿estás bien?
Adriana negó con la cabeza, sin darle mayor importancia.
Damián dejó su teléfono en la mesa y empezó a hablar con ella sobre el juicio del día siguiente.
Sin embargo, parecía distraído, lanzando miradas furtivas al teléfono como si esperara el mensaje de alguien.
En ese momento, la pantalla se encendió con un mensaje del asistente. Damián se calló de golpe y levantó el dispositivo, con el ceño fruncido.
El corazón de Adriana estaba completamente adormecido.
—Deberías ir a ver a Micaela. Después de todo, se cayó estando con nosotros, no vaya a ser que luego nos quiera culpar de algo.
Damián sonrió aliviado al escuchar eso y le depositó un beso en la frente.
—Tengo unas cosas que atender. Cariño, ve a descansar un rato.

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