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El ruego de un hombre roto: La verdad tras tu ausencia romance Capítulo 13

Había una taza de cerámica que habían moldeado juntos en un taller, con las iniciales de ambos grabadas en la base.

Cada vez que la realidad la apuñalaba y la dejaba sin aliento, Julia sacaba esa taza y la sostenía entre las manos por un largo rato, como si el objeto tuviera el poder mágico de sanar sus heridas.

Yolanda, al notar que Julia seguía embelesada mirando el pedazo de barro, se frotó el rostro cansado con una toalla y no pudo evitar soltarlo.

—Escuché que a Rebeca le compró una mansión en el extranjero, y a su hija le dio una tarjeta de crédito sin límite. Estuviste con él tres años, ¿y qué sacaste? ¿Una taza chueca, piedras que recogió del piso y un montón de hojas secas?

En el pasado, Julia habría saltado a defenderlo de inmediato.

«No entiendes nada, lo que importa es el valor sentimental, los recuerdos que construimos», solía decir.

Y Yolanda siempre negaba con la cabeza: «Por tener esa mentalidad tan romántica es que se burlan de ti y te tratan como un trapo».

Ante esos regaños, Julia solía agachar la cabeza, protegiendo su taza. No es que odiara el dinero, simplemente amaba tanto a Tomás que no quería sentir que le debía nada.

Había crecido en la pobreza, en una casa donde los gritos siempre eran por falta de dinero. Para ella, aceptar cosas caras de Tomás la hacía sentir sucia, como si su amor estuviera a la venta. Quería una relación de iguales.

Pero cuando el escándalo estalló, el mundo entero la señaló, asegurando que ella solo era una trepadora social que se había acercado a él por interés. Decían que vivía en una fantasía, creyendo que él la amaba cuando solo era un pasatiempo antes de volver con Rebeca.

Todo el amor puro y genuino que había entregado fue pisoteado sin piedad. Fue Yolanda quien tuvo que ir al departamento que compartían a recoger esa «basura», mientras abrazaba a una Julia que estaba rota en llanto.

«Por ser tan ingenua terminaste así. ¡Te lo dije! ¡Mínimo le hubieras sacado algo que valiera la pena para no quedarte en la calle! ¡No llores, Julia!», le había gritado Yolanda ese día.

Pero ¿cómo no iba a llorar? Estuvo a punto de quedarse ciega de tantas lágrimas que derramó.

Yolanda estaba lista para lanzar otro comentario sarcástico, cuando escuchó la voz calmada de su amiga.

—Sí, fui una reverenda idiota.

Esa palabra, saliendo de los labios de Julia, dejó a Yolanda sin habla. Julia era la chica más educada y correcta del mundo; su única verdadera rebeldía en esta vida había sido involucrarse con Tomás.

Yolanda tardó unos segundos en procesarlo antes de soltar una carcajada.

—Qué bueno que por fin abriste los ojos. ¿Vas a tirar todo eso?

—Sí. A la basura.

Capítulo 13 1

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