¿Sacarla a rastras?
Hugo se quedó paralizado, dudó un momento y, armándose de valor, dijo:
—Sra. Natalia, esta es la persona que trajo el Señor Manuel…
Las decisiones del Señor Manuel, ¿cuándo les tocaba a otros cuestionarlas?
Al mencionar a Manuel, aquel hombre de corazón frío y métodos implacables, la cara de Natalia cambió ligeramente y sintió un temblor en el pecho.
Echó un vistazo a Romina, pero se mantuvo firme y dijo con fuerza:
—¡Échenla, yo le daré explicaciones a Manuel!
Al oír la orden, un guardaespaldas de aspecto feroz entró de inmediato y extendió la mano para agarrar a Romina del brazo.
Al ver la garra que se dirigía hacia ella, la chica frunció el ceño, sus ojos destellaron con frialdad y levantó el brazo.
Una fuerza repentina y poderosa hizo que el guardaespaldas se tambaleara varios pasos hacia atrás hasta recuperar el equilibrio.
—¡Atreverse a esto en territorio de la familia Barrios, es el colmo!
—¡Sáquenla a golpes!
Natalia abrió sus labios rojos, apretando los dientes con una expresión odiosa.
—¡Sí, señora!
El guardaespaldas respondió y levantó la mano para golpear a la chica en la cara.
La respiración de Romina se hizo pesada, la ira brilló en sus ojos. Inclinó la cabeza ligeramente hacia atrás para esquivar y, justo cuando iba a contraatacar, una mano grande le agarró la cintura y tiró de ella hacia atrás.
La mano del guardaespaldas pasó rozando su oreja.
Su espalda chocó contra un pecho ancho y cálido, y un aroma limpio y fresco la envolvió por completo.
Romina levantó la vista de golpe y, al encontrarse con la mirada fría del hombre, sus pupilas se contrajeron ligeramente.
Vio a un hombre de casi un metro noventa, con un traje negro carísimo que realzaba su figura alta y esbelta.
Más arriba, un rostro noble y elegante, guapo como si hubiera sido tallado con esmero, con cejas marcadas y ojos brillantes; todo él lucía una mezcla de rebeldía y distinción.
El hombre sostenía la muñeca del guardaespaldas y bajaba la cabeza; sus ojos marrones parecían cubiertos de escarcha, irradiando una presión inmensa.
Manuel bajó la mirada y vio que la chica lo miraba fijamente, con ojos brillantes y sin una pizca de miedo. Él entornó sus ojos alargados.
Las pestañas de Romina temblaron, ocultó el extraño brillo en sus ojos y se apartó con calma.
Al sentir el vacío en sus brazos, pero con la sensación de su cintura aún en las yemas de sus dedos, el hombre arqueó una ceja y dijo con voz ronca:
—¿Tú eres la sanadora que invité?
Romina era alta, casi un metro setenta, de brazos y piernas delgados, pero frente a Manuel, apenas le llegaba a la barbilla, como un pollito oprimido.
A Romina no le gustaba esa sensación de inferioridad; sus ojos oscuros mostraron disgusto.
—¡No!
Apenas terminó de hablar, los instrumentos detrás de ella empezaron a pitar.
El ritmo cardíaco bajaba, el electrocardiograma era casi una línea recta.
Si no la reanimaban ya, no habría vuelta atrás.
La chica frunció el ceño, se dio la vuelta hacia la cama de la anciana y extendió la mano para tocarle la nariz y el cuello.

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