—Es un poco joven, sí…
Al recordar ese rostro pequeño, frío y encantador, Manuel pasó la lengua por sus dientes y sonrió levemente.
—Averigua de qué familia es y avísales.
***
Madrugada, cinco de la mañana.
Romina se levantó temprano y se aseó.
Sacó papel y pluma de su mochila, escribió rápidamente una receta de medicina tradicional y la dejó sobre la mesa.
Luego sacó su tableta, hackeó todas las cámaras de seguridad de la Hacienda Barrios y salió tranquilamente por la puerta grande.
Cuando Manuel recibió la noticia, ya eran las diez de la mañana.
—Las cámaras se averiaron, así que no sabemos a qué hora se fue. —Gonzalo habló con respeto—. Sin embargo, encontramos estas dos cosas en su habitación.
Una receta y una liga negra para el pelo.
Manuel tomó la liga deshilachada, la frotó un par de veces y, recordando el cabello negro y denso de la chica, su mirada se oscureció.
—¿Ya tienen sus datos?
—Esa chica se llama Romina. Dicen que a los trece años casi mató a alguien y le diagnosticaron una enfermedad mental grave. Su familia la envió a Los Tres Ríos, a un centro correccional especializado en enfermedades mentales. Tal vez la hora en que su familia iba a recogerla coincidió con la de nuestra gente, y por eso hubo el malentendido.
—¿Centro correccional?
Gonzalo explicó con respeto:
—Dicen que es un correccional, pero en realidad es una clínica rural que usa la violencia para someter y hacer obedecer a los niños. Aunque fue desmantelada hace años.
—Romina casi muere torturada allí. Quedó desamparada y sobrevivió porque una anciana la adoptó.
Someter con violencia…
La mirada de Manuel se oscureció.
—¿Qué más?
—En el pueblo sí hubo un médico milagroso, pero nunca dio la cara y nadie sabe quién es. Al que nosotros buscamos resultó ser un estafador.
—Por cierto, Señor Manuel. La gente del pueblo dice que esa Romina ni siquiera terminó la preparatoria, mucho menos estudió medicina. Así que esa receta, mejor que la analicen…

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