Capítulo 2 —El santuario
Dante Adler entró al ascensor privado con ella todavía en brazos.
La joven llevaba la ropa limpia que le habían dado en la clínica. Aun así, seguía pareciendo una sombra arrancada de un sótano. Tenía el cabello húmedo de sudor frío, los brazos vendados y los ojos abiertos con una vigilancia casi dolorosa.
Cuando las puertas de acero se cerraron, ella volvió a tensarse. Dante sintió cómo sus dedos se cerraban alrededor de su antebrazo.
—Tranquila —dijo, sin bajar la vista hacia ella—. No voy a soltarte.
Pero ella no aflojó.
El ascensor subió en silencio. No había música, ni espejos dorados, ni empleados esperando. Solo metal, luces frías y el zumbido suave del mecanismo elevándolos hasta la cima del edificio. Dante jamás había permitido que aquel ascensor fuera usado por nadie sin su autorización. El penthouse no era una casa; era su territorio, su fortaleza. El único lugar limpio del ruido, la sangre y la estupidez del mundo.
Y ahora estaba llevando allí a una desconocida muda, desnutrida y marcada por uno de sus enemigos.
Cuando las puertas se abrieron, la joven se encogió contra él.
Dante cruzó el umbral y entró al penthouse. Las luces se encendieron de manera automática, revelando un espacio amplio, silencioso, impecable. Ventanales enormes mostraban la ciudad extendida bajo ellos como un tablero de guerra. No había voces, no había servicio, no había nadie.
La bajó con cuidado frente al ascensor. Apenas sus pies tocaron el suelo, ella volvió a sujetarle el brazo.
—Mírame —ordenó él.
Ella levantó la cabeza.
—Aquí no hay nadie. Estamos solos.
Lo observó durante unos segundos, como si necesitara comprobar si aquella frase escondía una trampa. Luego miró hacia el salón. Sus dedos fueron soltando el brazo de Dante poco a poco, uno por uno.
No se alejó demasiado. Dio apenas dos pasos y se detuvo.
Sus ojos recorrieron el lugar con una mezcla de temor y curiosidad. Miró los ventanales, el suelo oscuro, las paredes sobrias, los muebles de líneas limpias. No tocó nada. Caminaba despacio, con los hombros algo encorvados, como si esperara que cualquier objeto pudiera volverse contra ella.
Dante cerró el ascensor con un comando y dejó el bolso médico sobre una mesa.
—Vas a tener que darte un baño.
Ella giró el rostro hacia él. Dante se pasó una mano por la nuca, irritado por tener que explicar cosas básicas.
—No tengo ropa de mujer. Vas a usar algo mío hasta que resuelva eso.
Ella asintió una sola vez. Entonces, de pronto, sus ojos se desviaron hacia una de las paredes del salón. Dante siguió la dirección de su mirada.
Era un cuadro grande, oscuro, de trazos geométricos y colores austeros, colocado sobre una pared lateral. Una pieza extraña, demasiado fría para la mayoría de los gustos. Dante la había conservado más por su procedencia que por belleza.
La joven se acercó lentamente. Por primera vez desde que la encontró, algo en su rostro cambió sin estar ligado al miedo; no era alegría, tampoco calma; era reconocimiento.
Se quedó frente al cuadro, inmóvil, con los labios entreabiertos. Dante frunció el ceño.
—Lo recuperé hace un año en un allanamiento contra una célula rusa —dijo—. Estaba escondido detrás de una pared falsa. Creo que es de Malévich. Algo de suprematismo, según el idiota que intentó explicármelo antes de morirse.
Ella no apartó la mirada del lienzo. Dante la observó con más atención.
—¿Lo conoces?
Tardó en responder. Luego asintió, no fue un gesto automático, fue lento, seguro. Él entrecerró los ojos.
—Interesante.
La mujer giró apenas el rostro hacia él. Había algo defensivo en su mirada, como si se hubiera dado cuenta demasiado tarde de que acababa de revelar algo.
Dante no insistió, no todavía.
La joven bajó la vista hacia su propia ropa, luego señaló hacia el pasillo con un gesto torpe. Después se tocó el cabello, la camiseta de clínica y volvió a mirarlo.
—El baño —comprendió él—. Ven.
Lo siguió casi pegada a él.
Dante la llevó hasta su dormitorio. La habitación estaba tan ordenada como el resto del penthouse: cama enorme, paredes oscuras, ventanales de piso a techo y ninguna huella de otra vida que no fuera la suya. Ella se detuvo en la entrada, dudando.
—No voy a dormir contigo, si eso es lo que estás pensando —dijo Dante con sequedad—. Solo es el baño más seguro y el único que tiene lo que necesitas.
Ella lo miró, sin parpadear. Dante abrió la puerta del baño, encendió la luz y le mostró las toallas, la ducha, el jabón, el shampoo.
—Te voy a dejar ropa sobre la cama. Yo estaré en la cocina.
La jovenb abrazó una pila de toallas contra el pecho.



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