Capítulo 4 —La Alfombra
Dante Adler no recordaba la última vez que había dormido tranquilo.
Desde que Alessia, su prima, se había marchado y el peso completo de todos los negocios de Nueva Jersey había caído sobre sus hombros, descansar se había convertido en una tregua corta y violenta. Pero aquella noche fue peor. El sueño estuvo plagado de imágenes húmedas, cadenas arrastrándose y ojos oscuros mirándolo desde un sótano.
Se despertó abruptamente. La habitación estaba sumida en penumbra y el reloj digital marcaba las cuatro de la madrugada.
Dante pasó una mano por su rostro y apartó las sábanas. Apenas bajó los pies de la cama, rozó algo cálido sobre la alfombra. Se tensó de inmediato, miró hacia abajo y allí estaba ella.
Hecha un ovillo junto a la cama, dormida sobre la enorme alfombra negra de su habitación. Tenía las rodillas pegadas al pecho, las manos escondidas bajo la barbilla y la cabeza hundida entre los brazos, como si intentara ocupar el menor espacio posible del mundo.
Dante soltó un insulto bajo.
—¿Qué carajos haces aquí...?
Se agachó y le tocó el hombro.
—Arriba. Te di una habitación más grande que algunos departamentos de esta ciudad. Vete a dormir allá.
El efecto fue inmediato. Abrió los ojos de golpe y el cuerpo entero se le puso rígido. Su respiración se quebró en un jadeo silencioso mientras sus dedos se clavaban desesperadamente en la lana de la alfombra.
Dante reconoció enseguida la reacción; pánico. No gritaba, no lloraba, pero sus pupilas se dilataron tanto que casi borraron el color de sus ojos.
Solo el hecho de intentar moverla estaba provocando otra crisis.
Dante apretó la mandíbula y retiró la mano de inmediato.
—Mal*dita sea... Está bien. Quédate ahí si es lo que quieres, mañana te pondré algunas reglas.
Tardó varios segundos en estabilizar la respiración. Cuando el temblor disminuyó, volvió a acomodarse lentamente sobre la alfombra, aunque esta vez mantuvo los ojos abiertos, vigilándolo. Dante soltó un suspiro áspero, quitó una de las mantas de su cama y la cubrió con ella, y regresó a la cama. Pero demoró en dormirse.
Cada vez que giraba apenas la cabeza, la veía allí abajo, silenciosa, inmóvil. Como una criatura salvaje que había elegido dormir al lado del depredador más peligroso de la ciudad porque lo consideraba más seguro que la soledad.
Cuando Dante despertó otra vez, la luz gris del amanecer ya entraba por los ventanales.
Y ella había desaparecido. Frunció el ceño de inmediato. No la había escuchado salir. Ni un solo ruido. Se levantó, se duchó rápidamente y se dirigió a la cocina todavía con el cabello húmedo y la camisa negra a medio abotonar. Se detuvo apenas cruzó el umbral. La cocina estaba llena de comida, literalmente llena.
Había tostadas, huevos, fruta cortada, café, té, queso, yogur y hasta una sartén todavía caliente sobre la hornalla. Un despliegue absurdo, desproporcionado, como si hubiera preparado desayuno para un batallón.
Dante soltó una risa corta por la nariz. Ella estaba de pie junto a la barra, todavía usando su camiseta. Lo observaba en silencio, rígida, esperando alguna reacción.
—Se nota que pasaste hambre —murmuró él mientras recorría la cocina con la mirada.
Ella no sonrió. Pero algo en la dureza de su expresión se suavizó apenas, muy poco. Lo suficiente para que Dante lo notara. Se acercó a la barra y tomó una taza de café.
—No sabía que cocinaras.
Ella bajó la vista un instante. Luego señaló apenas la cocina con un movimiento tímido de la mano, como diciendo: había comida.
Dante arqueó una ceja.
—Sí, ya veo que había comida, como para alimentar medio Jersey.


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