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El Silencio de la CAUTIVA romance Capítulo 5

Capítulo 5 —Lo que sabe

El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero ya no era el mismo de antes. Seguía siendo incómodo, denso, extraño… aunque menos salvaje. Ivanka ya no reaccionaba únicamente desde el miedo; ahora también observaba, evaluaba, intentaba comprender.

Dante apoyó los antebrazos sobre la isla.

—Reconociste el cuadro apenas entraste aquí.

Ivanka bajó la mirada hacia su taza.

—No es precisamente una pintura que alguien vea colgada en cualquier sitio —continuó él—. Así que voy a volver a preguntarlo. ¿Tu familia tiene algo que ver con él?

Ella negó rápidamente con la cabeza. Demasiado rápido. Dante lo notó.

—¿La familia Chenchenko? —preguntó entonces—. Los hombres a los que les quité el cuadro en Chicago hace un año. ¿Trabajaban con tu familia?

Ivanka volvió a negar. Pero esta vez no sostuvo su mirada. Dante se recostó lentamente contra la silla.

—Entonces tu familia lo tuvo antes que ellos.

Ivanka quedó completamente quieta. Dante entrecerró apenas los ojos.

La reacción fue mínima, casi imperceptible, pero suficiente. La forma en que sus dedos se tensaron alrededor de la taza. El leve endurecimiento de su mandíbula. Había acertado.

Ivanka apartó la mirada de inmediato y empezó a recoger la mesa demasiado rápido. Agarró uno de los platos con manos torpes. El plato resbaló y se hizo añicos contra el suelo. El ruido quebró el silencio de la cocina. Y la reacción de Ivanka fue instantánea.

Se puso de espaldas a Dante tan rápido que casi tropezó consigo misma. Luego encorvó ligeramente el cuerpo y se levantó la camiseta hasta dejar la espalda completamente descubierta.

Dante se quedó inmóvil. La postura era inconfundible. No estaba protegiéndose, estaba esperando el castigo.

La cocina quedó en un silencio brutal. Ivanka mantenía la cabeza baja y los hombros tensos mientras dejaba expuesta su espalda.

Dante avanzó lentamente hacia ella. Él le había visto las marcas en la clínica, pero aún así seguían revolviéndole el estómago, no de rechazo, sino de indignación.

El pecho se le endureció de rabia. Se detuvo justo detrás de ella. Ivanka no se movió. Ni siquiera respiraba bien.

Dante levantó la mano casi sin darse cuenta y le rozó apenas la espalda con la yema de los dedos. El cuerpo entero de ella sufrió un espasmo violento, no de placer; de terror.

Ese estremecimiento lo sacó del trance inmediatamente. Dante le bajó la camiseta de golpe, cubriéndola otra vez. Después la tomó de los hombros y la giró hacia él con firmeza. Ivanka mantuvo la cabeza baja.

—Mírame.

Ella no obedeció. Dante le sostuvo la barbilla entre los dedos y le levantó el rostro lentamente.

Sus ojos oscuros estaban abiertos de par en par, esperando violencia. Eso le revolvió algo adentro.

—Escúchame bien —dijo Dante con una voz baja y peligrosamente controlada—. No me importa quién seas. No me importa quién era tu familia ni qué hacías antes de terminar encerrada en ese sótano.

Ivanka tragó saliva.

—Y tampoco me importa lo que hayas visto. Nada justifica lo que te hicieron.

Los ojos de ella temblaron apenas.

—No voy a dejar que nadie vuelva a tocarte así.

Aquellas palabras parecieron golpearla más fuerte que cualquier grito. Porque la dureza de su rostro empezó a aflojarse lentamente. Como si estuviera agotada de esperar.

Dante soltó su barbilla despacio. Ivanka respiró hondo una vez. Luego se apartó apenas de él y miró la libreta que seguía sobre la isla.

Algo estaba cambiando dentro de ella y Dante lo vio. Porque esta vez no dudó tanto, tomó el bolígrafo y escribió.

El trazo seguía siendo torpe por, pero ya no era el movimiento aterrorizado de antes. Dante bajó la vista hacia el papel.

“Yo sé cosas.”

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