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El Tío que Robó Mi Corazón romance Capítulo 209

El abogado Hugo echó un vistazo por la mesa, con la intención de que el señor Loza tomara el asiento principal. Pero para su sorpresa, Mauro no se complicó.

Con total indiferencia, señaló un lugar.

—No se molesten, yo me siento donde está el abogado Hugo. Solo le pido al abogado Hugo que cambie de lugar, por favor.

Carolina sintió un escalofrío.

—¡Que me maten mejor! ¡De verdad, que me maten aquí para que todos se diviertan! —pensó, tragando saliva.

Hugo, aún desconcertado, asintió.

—Bueno, señor Loza, disculpe el cambio. Hoy tendrá que aguantar ese asiento.

—¿Aguantar? —Mauro esbozó una sonrisa enigmática—. Al contrario, me parece perfecto.

Alrededor de la mesa, la conversación de los abogados pasó de girar en torno a Mateo, para centrarse de repente en Mauro. Él se convirtió en el centro de atención.

Y Carolina estaba justo al lado de ese centro.

Ella bajó la mirada y siguió comiendo en silencio, rezando porque nadie volviera a mencionar su nombre. Ojalá la ignoraran por completo y pudiera pasar desapercibida toda la noche.

Pero las cosas nunca salen como uno espera.

Mateo, que había perdido el protagonismo, se las ingenió para recuperar algo de atención.

—¿Quieres pescado? —le preguntó amablemente, sirviéndole un trozo en su plato.

Carolina sintió cómo una corriente helada le recorría la espalda. Sabía que desde al lado, le estaba llegando una mirada que cortaba como cuchillo.

—No, no, fiscal Mateo, tú cómelo —se apresuró a rechazar.

—No te preocupes, Carito. Ya te dije que me llames por mi nombre. Solo Mateo, ¿sí?

¿Mateo?

Mauro arqueó una ceja. A ese paso, parecía que el siguiente paso sería llamarlo “hermanito”.

Haciendo un gesto al mesero, Mauro pidió:

—¿Podrían traer más cubiertos, por favor?

Mateo sintió el golpe disfrazado en la petición, como si aquel señor Loza le estuviera lanzando indirectas por todos lados.

—Jaja, perdón, debí pensar en eso antes —dijo, forzando una sonrisa.

Mateo volvió a acercarle otra porción de carne a Carolina.

—Prueba este, está bueno. Creo que te va a gustar.

—Has comido muy poco, deberías comer más.

Mauro soltó una risa desdeñosa.

Mateo, sin quedarse atrás, preguntó con voz queda:

—¿Y usted, señor Loza? ¿Ya se casó?

El intercambio entre ambos era tan intenso que Hugo, desde su sitio, sudaba frío.

—Eh... señor Loza... —intentó intervenir, pero Mauro le ganó el turno.

Mientras giraba su anillo de bodas en el dedo anular, sonrió de medio lado.

—Sí, estoy casado.

De pronto, Mauro clavó su mirada en la mano de Carolina, y su expresión se endureció.

—¿Y usted, abogada Carolina? ¿Ya se casó?

El corazón de Carolina dio un brinco.

Ahora sí, la bomba había caído sobre ella.

Apretó los labios y trató de sonreír.

—Sí, también acabo de casarme.

Entre caerle mal al jefe o a Mauro, Carolina optó por pedirle disculpas al jefe en su corazón.

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