Lamentablemente, ese susurro bajito jamás volvería a ser escuchado por nadie.
...
Estela fue escoltada afuera; le avisaron que tenía visita en la cárcel.
Cuánto hubiera querido que fuera su hija quien la visitara, pero sabía que eso era imposible.
Marisol se quedó pensativa, preguntándose quién vendría a ver a la señora Estela, si hasta su propia hija ya había fallecido.
Media hora después, Estela regresó a la celda.
—Señora, ¿cómo le fue? ¿Quién vino a verla?
Estela negó con la cabeza.
—Mi hermano.
Marisol pensó en silencio: “¿Y qué te dijo tu hermano? ¿Te habló de Zoe?”
Si la familia Quintero fuera inocente, no tendrían motivos para confesar nada por su cuenta.
A fin de cuentas, la muerte de Zoe había sido responsabilidad de ellos.
—No dijo nada. —La expresión de Estela iba y venía entre la sombra y la luz, tan inestable como su ánimo.
...
Ulises llegó al hospital de visita.
La culpa lo carcomía, temía que Mauro lo involucrara en todo lo sucedido.
—Carolina, ¿estás bien? Perdón, fue nuestra culpa por no investigar lo suficiente a la gente nueva antes de contratarla. Siento que hayas pasado por esto.
Ulises en realidad había conocido al nuevo por recomendación de un amigo, jamás imaginó que terminaría así.
Carolina soltó una leve sonrisa.
—No se preocupe, señor Ulises. Esto no fue culpa suya.
Sin embargo, Ulises no podía dejar de lanzar miradas furtivas a Mauro, quien tenía el ceño tan fruncido que ni respiraba.
Carolina se dio cuenta de lo nervioso que Ulises estaba por la actitud de Mauro, así que le lanzó una mirada cómplice.
—Jeje, señor Ulises, ¿por qué no come un poco de fruta?
Mauro asintió y, sin decir palabra, se levantó para pelar un plátano y ofrecérselo a Ulises.
Ulises, sorprendido por el gesto, se apresuró a decir:
—Gracias, señor Loza, yo puedo hacerlo.
Cuando finalmente Ulises se retiró, Mauro dejó escapar un resoplido.
Carolina no aguantó la risa.
—No seas tan celoso.
Mauro alzó las cejas.
...
Una semana después, cuando Carolina supo que Marisol había muerto en prisión, se quedó impactada.
Inclinó la cabeza y miró a Mauro.
—Amor, tú...
—Sí. Lo único que hice fue mandar a alguien para que le contara a Estela, paso a paso, cómo se había quitado la vida Zoe. Nada más.
Mauro solo había sembrado una semilla de odio en el corazón de Estela.
No esperaba nada más de ella.
A decir verdad, el resultado tampoco lo sorprendía.
—¿Tienes miedo de mí?
Carolina no era una ingrata, no iba a temerle a un hombre que siempre había cuidado de ella.
Negó con la cabeza.
—Amor, esto no tiene nada que ver contigo. Tú no hiciste nada, Marisol fue quien se lo buscó.
Si ella no se hubiera obsesionado tanto, quizá habría tenido un final diferente.
Pero no existen los “quizás” en la vida.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Tío que Robó Mi Corazón