Alejandra volvió a meter el sobre de la paquetería, ya abierto, en su envoltorio original y lo dejó sobre la recepción.
—Constanza, pensé que ese paquete era para mí, lo abrí sin querer. Cuando lo abrí me di cuenta que era para la abogada Carolina. Mejor llévaselo tú directamente.
—Ah... está bien, no te preocupes —respondió Constanza, con una sonrisa nerviosa.
Carolina ya había recibido su boleta de calificaciones por correo electrónico y, tal como lo había anticipado, obtuvo 110 puntos. Había cumplido el objetivo.
Ahora tenía claro que, en estos días, debía hablar con Mauro sobre la posibilidad de irse a estudiar al extranjero.
Un rato después, Constanza se acercó a Carolina.
—Abogada Carolina, disculpe, le mandé su paquete a la abogada Alejandra por error. Ella no revisó el nombre y lo abrió. Perdón, de verdad, la próxima vez me aseguro de revisar bien.
—No te preocupes, Constanza. No pasa nada, en serio, ya deja de disculparte. No estoy molesta —dijo Carolina, sonriendo para tranquilizarla.
Constanza soltó un suspiro de alivio.
—Gracias, abogada. Vi que parecía un documento personal. Perdón de nuevo.
—No hay problema, ve a seguir con lo tuyo.
Carolina sacó el documento del envoltorio, y al ver los pliegues evidentes en el papel, arrugó la frente. Estaba claro que alguien había estado mirando su calificación con detenimiento.
Tomando el documento en la mano, fue directo a la oficina del jefe.
...
—¿Entonces Alejandra ya vio tu resultado? —preguntó Hugo, levantando una ceja.
—Sí, parece que sí.
—Vaya, sí que es curiosa... Pero bueno, ¿qué más da si lo sabe? —dijo Hugo, encogiéndose de hombros—. Ahora, tengo una sorpresa para ti.
Carolina lo miró intrigada. Cuando vio las dos cartas que Hugo tenía en la mano, los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Jefe, usted...
—Una carta la firmó el bufete, le pedí al señor Ulises que la redactara. Me dijo que si decides irte a estudiar, te apoya con permiso sin goce de sueldo. Tu puesto seguirá reservado, y ya le advertí que no diga nada hasta que tomes tu decisión definitiva.
—La otra carta es de mi propio maestro, el profesor Maldonado. Tiene una gran trayectoria, dio clases en el extranjero y luego regresó a dar clases aquí. Que él firme tu recomendación, créeme, vale bastante.
—Gracias, jefe... de verdad, gracias por todo lo que hace por mí —contestó Carolina, la voz quebrada de emoción.


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