Al día siguiente, Carolina se preguntó si debería regresar a la casa con Mauro para platicar bien sobre el tema.
Irse al extranjero no era cualquier cosa. ¿Y si Benjamín no estaba de acuerdo?
Pero Mauro le dijo que él se encargaría, que bastaba con que lo hablaran juntos durante la cena, delante de todos.
—Lo nuestro no necesita la aprobación de nadie más. Con que tú y yo estemos de acuerdo, es suficiente.
Para Carolina, Mauro tenía algo casi milagroso; siempre resolvía todo sin complicaciones, como si nada en el mundo pudiera quitarle el sueño, y ella nunca tenía que preocuparse por nada.
—Amor, ¿y si te extraño? ¿De verdad no vas a ir a verme?
Mauro endureció la expresión.
—No. Cada quien elige su camino. Por más difícil o cansado que sea, tienes que afrontarlo sola.
Carolina se fue al despacho de abogados; Mauro volvió a la casa.
Cuando Benjamín escuchó lo que su hijo menor le decía, se le abrieron los ojos como platos.
—¿Estudiar en el extranjero? ¿Acaso el Grupo Loza está en quiebra? ¿Ya no puedes ayudar a tu esposa?
Mauro apretó los labios.
—Papá, ella quiere prepararse más, hacerlo por cuenta propia, no quiere que yo le facilite las cosas.
Benjamín arrugó la frente y, tras un suspiro, soltó:
—Carito siempre ha tenido ideas muy claras, entiendo lo que busca.
Pero enseguida cambió el tono.
—Pero Mauro, ¿y si al separarse por un año las cosas entre ustedes se enfrían? Cuando ella regrese, tú ya vas a tener treinta y cinco o treinta y seis años, y todavía sin hijos...
—Papá —Mauro levantó la mirada y lo interrumpió de inmediato—, tranquilo, tu hijo sí puede tener hijos. No quiero atarla a la fuerza. ¿Y si luego me culpa? Si ella quiere intentarlo, que lo haga. Yo estaré aquí para apoyarla siempre.
—Deja de estarle hablando de hijos cada rato, eso solo le mete presión. Si quieres tanto un niño, ¿por qué no te buscas otra pareja? Seguro todavía tienes mucha energía, ¿no?
Con un estruendo, un cenicero fue a dar justo a los pies de Mauro.
Benjamín estaba que echaba humo.
—¿Así le hablas a tu papá?
Por consentir tanto a su esposa, Mauro ya ni se acordaba de su propio padre.
—Ya, ya, ¿por qué crees que insisto tanto? Es que me da miedo que no puedas. Además, ya estás grande y Carito, cuando vuelva, seguirá joven. Allá afuera hay muchas tentaciones, ¿y si conoce a alguien mejor, más joven, más exitoso y te deja?
Mauro sintió que una vena le palpitaba en la sien.
Sí que era su papá, nunca le deseaba nada bueno.
—Eso no va a pasar. Ella no me dejaría.

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