Cuando Carolina fue a visitar a Mónica durante la cuarentena, se quedó maravillada con la pequeña Samanta, que movía sus manitas y piecitos sin parar, balbuceando como si quisiera platicar. A Carolina se le desbordó el cariño; en ese instante, su deseo de tener una hija creció tanto que sintió que su corazón no le cabía en el pecho.
Mauro no la acompañó esta vez.
Sabía que su prima estaba en pleno resguardo posparto, y que para un hombre como él no era lo más adecuado aparecerse.
Aun así, no pudo evitar pedirle a su esposa:
—Sácale muchas fotos a la bebé para que pueda verla, ¿sí?
Sentado en la oficina, Mauro miró las fotos de Samanta bostezando, con sus mejillas redonditas y los ojos medio cerrados, y no pudo evitar pensar para sí: “¡Caray, qué suerte tuvo Joel con esa chiquita!”
...
Cuando Carolina llegó, Joel estaba en casa.
Parecía que de verdad se había convertido en un papá de tiempo completo. Cambiaba pañales, preparaba el biberón y alimentaba a la bebé con una destreza que sorprendía.
Como Mónica no pudo amamantar, desde muy temprano la niña tomó fórmula. Joel, que era doctor, no se aferraba a la idea de que los bebés tenían que alimentarse exclusivamente con leche materna ni a las creencias antiguas sobre el parto natural.
Además, Florencia, la suegra de Mónica, jamás le complicó la vida. Al contrario, estaba encantada con su nuera.
Ahora, entre todas las señoras de su círculo, Florencia se sentía la más afortunada. No por otra cosa, sino porque era la primera abuelita del grupo.
—Moni, tú descansa. Lo que haga falta, que Joel o las muchachas se encarguen. No vayas a agotarte —decía Florencia, muy sonriente.
—Mira, hija, este tiempo es sagrado. Si te parece pesado, no pasa nada si te tomas hasta dos meses de reposo.
Mónica agradecía de corazón el apoyo de su suegra.
Por el momento, esos pleitos típicos de suegra y nuera le parecían lejanos, como si no fueran con ella.
Iván Ramos, Florencia y el señor Rodrigo la consentían en todo.
Y de Joel, ni hablar.
A veces, Mónica pensaba que había tenido la suerte de tropezarse con el hombre más confiable.
Carolina se dio cuenta de todo esto y se alegró mucho por su amiga.
—Moni, tu esposo se ve más tranquilo últimamente —comentó.
Mónica también lo había notado. Aunque Joel seguía al pendiente de todo, estaba más callado, sobre todo con ella.
Eso sí, su cariño y atenciones no habían disminuido.
—A lo mejor es que cuidar a la bebé lo tiene cansado —respondió Mónica.
Joel apretó los labios en una línea recta.
—No. Tú aprovecha para descansar, no te llenes la cabeza de tonterías.
...
Por la noche, Carolina le enseñó a Mauro un video corto de Samanta que Mónica le había mandado.
—Mauro, ¿tú crees que nuestro bebé sea niña?
Mauro pasó suavemente la mano por el vientre de Carolina, que con menos de dos meses seguía plano.
Para ser sinceros, todavía no sentía que fuera a convertirse en papá. Todo le parecía irreal.
—Déjame escuchar.
Carolina soltó una risita.
—¿Escuchar qué? ¡Si todavía falta para eso! Por lo menos hay que esperar a los tres meses.
—Solo quiero escuchar, no pasa nada.

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