Guadalupe Jaramillo entró de pronto a la habitación del hospital con Lautaro Jaramillo a su lado. Todos se quedaron congelados, sin saber cómo reaccionar ante la inesperada aparición.
Petra se giró y frunció el entrecejo.
—¿Y ustedes quiénes son? Creo que se equivocaron de cuarto, ¿no?
Apenas terminó de hablar, Guadalupe, con el rostro cubierto de lágrimas y la voz rota por el llanto, se lanzó junto a la cama de Tadeo.
—Tadeo, ¿cómo pudiste enfermarte así? Si tú no estás bien, Lautaro y yo… ¿qué vamos a hacer? ¿Cómo vamos a seguir adelante?
El color se le fue del rostro a Petra, que pareció quedarse sin sangre.
—¿Pero… ustedes quiénes son?
Guadalupe hizo una señal a su hijo para que se acercara.
—Lautaro, ven, acércate a ver a tu papá. Tu papá siempre te ha querido mucho.
En un instante, todas las miradas se clavaron en Lautaro. No tenía la apariencia refinada de los hombres de la familia Loza, pero su porte era decente y sus rasgos recordaban más a Guadalupe, la mujer que lloraba desconsolada. Al observarlo con atención, podía notarse cierto parecido con Tadeo en la forma de los ojos y la expresión.
Benjamín, el patriarca, sintió que el aire se le escapaba del cuerpo. Necesitó apoyo del mayordomo para no caer y se dejó caer en una silla.
—¿Alguien me puede explicar qué está pasando aquí?
Nadie de la familia Loza tenía respuesta para él. El único que podía aclarar las cosas seguía tirado en la cama, sin signos de despertar.
Guadalupe se enjugó las lágrimas y miró a Benjamín.
—Señor, llevo más de veinte años a lado de Tadeo. Nunca le reclamé nada, ni le pedí nada. Yo sola saqué adelante a mi hijo, lo vi graduarse de la universidad… Cuando por fin parecía que todo iba a mejorar, me entero por internet de que Tadeo está grave.
Benjamín sintió que le latía la sien y el pecho comenzó a oprimirle.
—¡No digas tonterías! ¡¿Quién te dijo que mi hijo estaba desahuciado?!
Guadalupe bajó la cabeza, apretando los labios.
—Entonces explíqueme, señor, ¿por qué Tadeo sigue sin despertar?
—¡Esto es falso! ¡No piensen que con unas cuantas hojas pueden colarse a la familia Loza y hacerse pasar por nietos de Benjamín!
—Que te quede claro, yo soy la única esposa legal de Tadeo. Ni tú ni tu hijo van a tocar ni un peso de nuestra herencia. Y si Tadeo alguna vez gastó un solo peso contigo o con tu hijo, te juro que voy a hacer que lo devuelvan hasta el último centavo.
La intención de Guadalupe y Lautaro al volver en este momento quedaba más que clara: buscaban un lugar en la familia y, tal vez, algo más.
Carolina, oculta tras la espalda de Mauro, no podía cerrar la boca del asombro.
Vaya lío en el que se estaban metiendo.
Mauro, sin ningún interés en ese drama, solo quería salir de ahí.
—Papá, me llevo a Carolina a casa. Si quiere, venga con nosotros.
Benjamín, después de asegurarse de que su hijo seguía con vida y sin peligro, asintió con agotamiento.
—Está bien, yo voy con ustedes.

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