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El Tío que Robó Mi Corazón romance Capítulo 405

Ricardo se encogió de hombros.

—No sé, la verdad. Cuando llegué, ya estaba medio borracho, y no dejaba de repetir esas frases. Parecía un tipo amargado de esos que se quejan de todo.

—Moni, no tienes corazón, ¿cómo puedes decir que solo soy un reemplazo? Y eso que siempre he sido bueno contigo.

—Mónica, ¿qué le ves a ese tipo? Es más viejo que yo, ni siquiera es tan guapo, y además, yo soy más alto.

—Moni, ya no te guste él, mejor fíjate en mí, ¿sí?

Mauro miró su reloj. Ya eran las nueve de la noche. Él también tenía esposa, y sentía que debía regresar a casa a acompañarla.

Sacó su celular y marcó el número de Mónica. Justo en ese momento, ella acababa de lograr que Samanta se durmiera.

Ese día, Mónica sentía un coraje especial. ¿Cómo era posible que ya fueran las nueve y Joel no hubiera vuelto? Incluso le había prometido que durante su recuperación no saldría a reuniones.

Y ahí estaba, contradiciéndose solo.

—¿Bueno? ¿Qué pasó, Mauro? ¿Tan tarde y me llamas?

—Espera, quiero que escuches algo.

—...Ok.

¿De qué se trataba? ¿Por qué tenía que llamarle solo para que escuchara algo?

Entonces, del otro lado de la línea, Mónica reconoció la voz inconfundible de Joel, con ese tono arrastrado por el alcohol.

—Mónica, eres muy cruel, ¿cómo puedes tratarme como un simple reemplazo?

—Mónica, ¿de verdad me quieres o no? Si no me quieres, ¿por qué te casaste conmigo?

—¡Mónica! ¡Olvídate de ese viejo de una vez!

—Moni, ya quiéreme, por favor. Yo sí te quiero, y muchísimo.

—Ya tenemos una hija, ¿por qué sigues pensando en otro? ¡Mónica, no tienes corazón!

Mónica se quedó muda.

[¿Lo escuchaste?] preguntó Mauro con su típico tono indiferente.

—Sí... lo escuché —contestó ella, resignada, sin saber si reír o llorar.

Hubiera preferido no oír nada. ¡Qué vergüenza! ¿Por qué Joel tenía que armar ese espectáculo justo frente a Mauro y no podía simplemente decírselo en persona?

¡Tenía que emborracharse y soltar semejante show frente al cuñado!

—Bueno, busca un chofer para que lo lleve a casa. Se pasó de copas. Pero, Mónica, Joel hoy andaba de malas. Cuando regrese, apapáchalo un poco.

También los hombres necesitan que los consientan.

—Está bien, Mauro.

...

—Ay, qué tarado. ¿De dónde sacas que eres un reemplazo? No inventes. ¿O será que hoy escuchaste mi llamada?

Joel no respondió, solo bajó la cabeza, sin soltar palabra.

Mónica no estaba segura si seguía borracho o solo fingía.

Pero, fuera cual fuera el caso, sentía que tenía que dejarle las cosas claras.

—Nadie aquí es el reemplazo de nadie, y ese hombre no es viejo, así que no andes inventando historias. Tú tampoco eres el reemplazo de nadie. Al principio me costó casarme contigo, no te voy a mentir, pero después...

Los ojos de Joel, nublados por la borrachera, brillaron de repente.

—¿Después qué? ¡Dímelo ya!

Mónica soltó una risa traviesa. Vaya, sí estaba fingiendo.

—Después me di cuenta de que no eras tan malo y pues... decidí quedarme contigo.

Joel la abrazó de golpe, frotando su cara contra ella como si fuera un niño buscando cariño, mientras Mónica hacía una mueca de desagrado.

—¡Apestas, Joel! Si hoy no te bañas bien, ni pienses que vas a dormir conmigo. Mejor vete al cuarto de visitas.

En ese instante, Joel perdió cualquier rastro de borrachera. Asintió con cara de niño regañado, se despeinó un poco y se metió directo al baño de la habitación de invitados.

—Vaya, al menos mi esposa dijo que no soy el reemplazo de nadie.

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