Despacho jurídico.
Cuando Verónica se enteró de que Carolina esperaba gemelos, sólo levantó el pulgar y soltó con admiración: —Sr. Loza sí que se la rifó.
Carolina: ......
—¿Y a él qué le aplaudes? ¡La que va a llevarse todo el cansancio y las molestias soy yo!
Quizá por Mauro, o tal vez porque Ulises tuvo un arranque de conciencia, esa mañana la llamó especialmente a su oficina.
—Abogada Carolina, mira, desde que te ascendimos ya pensábamos ponerte un asistente. Y ahora que estás embarazada, justo ayer llegó un practicante nuevo al despacho… ¿qué te parece si lo asignamos como tu ayudante?
Carolina sonrió, —Me parece perfecto.
Por supuesto que le convenía. Tener alguien que le echara la mano le aliviaría mucho la carga, aunque últimamente sus pendientes se habían reducido bastante.
Pero Carolina no tenía idea de cómo estaría en los últimos meses del embarazo. Si podía ir preparando al recién llegado, más adelante todo fluiría sin problema.
Así que no puso ninguna objeción a la propuesta de Ulises.
—Gracias, señor Ulises. Se lo agradezco mucho.
Ulises soltó una carcajada —Nada, nada. En un rato paso a presentártelo.
Apenas Carolina salió de la oficina, se topó de frente con el nuevo: Enzo Naranjo, que irradiaba ese aire de ratón de biblioteca.
—Abogada Carolina, mucho gusto. El señor Ulises me avisó que seré su asistente de ahora en adelante.
Enzo tenía un aspecto pulcro, sereno y amable; su actitud era tan educada que Verónica no pudo evitar quedarse mirándolo, como si estuviera frente a una estrella de cine.
Carolina le devolvió la sonrisa, —Perfecto, allá está tu espacio de trabajo. La computadora la puedes solicitar en Recursos Humanos. Ve instalándote tranquilo.
En cuanto Enzo se fue, Verónica le dio un codazo a Carolina.
—¡Vaya, Carolina! Te consiguieron a un universitario nuevecito para ti solita.
—¿Ya viste? Se ve delgado, pero apuesto que si se quitara la camisa tendría buen cuerpo. ¡Esos músculos de juventud!
Ese mediodía, aprovechando la hora de la comida, había ido al centro comercial de al lado y terminó comprando ropa para bebé, a pesar de que sabía que aún era muy pronto.
Pero al ver tantas cosas tiernas y coloridas, la tentación pudo más.
Además, todo lo pagaba con la tarjeta que Mauro le había dado, así que tampoco se sentía tan culpable.
Por eso, andaba cargando bolsas y, encima, traía colgada una chamarra.
Enzo, siempre atento, se ofreció: —Abogada Carolina, yo también voy hacia el estacionamiento. ¿Le ayudo a llevar sus cosas al carro?
Carolina, aunque prefería no molestar a nadie, no pudo negarse ante tanta disposición.
—Muchas gracias, Enzo. Te lo encargo, entonces.
Ambos entraron juntos al elevador. El silencio era incómodo, y Carolina no era precisamente experta en platicar con desconocidos.
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