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El Tío que Robó Mi Corazón romance Capítulo 437

Muchos padres les dicen a los hermanos mayores que siempre deben ceder ante sus hermanas menores, pero Carolina no era de esas que siempre defendían a Fabiola sin pensar.

Ella conocía bien el carácter de su hija; esa niña tenía una astucia tremenda, igualita a Mauro.

Hilario, en cambio, era un niño despistado, ingenuo, de esos que te sacan una sonrisa por su inocencia.

Sin embargo, Fabiola era tan adorable que Carolina sentía la necesidad de darle siempre lo mejor del mundo.

A veces, en el fondo, se sentía un poco injusta, y al instante una vocecita en su cabeza le recordaba que no debía consentirla tanto.

Todo eso cambió la mañana en que Carolina, con el ceño fruncido, se dio cuenta de que su colgante de oro, que había dejado en el baño, había desaparecido.

—¡Hilario Loza!

El niño pegó un brinco.

—¡Mamá, aquí estoy! Mamá, hoy me dieron una estrellita en la escuela, ¿la quieres ver?

A sus cinco años, Hilario ya había aprendido que cuando su madre alzaba la voz de ese modo, algo grave estaba pasando.

Carolina llamó a los dos pequeños y los puso frente a ella.

—Hoy en la mañana salí apurada y dejé un colgante de oro con forma de cerdito sobre el lavamanos. ¿Alguien lo vio?

Hilario miró hacia el techo, como si buscara respuestas en el cielo. Fabiola parpadeó, inocente.

Fabiola negó con la cabeza.

—Mamá, yo no lo vi.

Hilario abrió la boca, dudó un buen rato, y al final murmuró:

—Yo tampoco lo vi.

—¡Dilo más fuerte! —espetó Carolina, con una seriedad que hizo que los dos niños se pusieran derechitos, como si estuvieran en formación.

Hilario mordió su labio, callado. No podía repetir una mentira dos veces.

Fabiola lo miró de reojo, sabiendo perfectamente que alguien estaba a punto de meterse en problemas.

—Mamá, ¡en la casa hay cámaras! ¡Podemos revisar la grabación!

Carolina se contuvo para no soltar una carcajada por la ocurrencia de su hija, pero mantuvo el semblante serio.

—Voy a revisar las cámaras, pero antes, les doy una oportunidad para que confiesen.

Hilario, con la boca temblorosa y los ojos enrojecidos, terminó por ceder.

—Mamá, fui yo quien lo tomó.

A veces, cuando los niños peleaban entre sí, Carolina prefería no intervenir. Pero en cuestiones de principios, ella no podía quedarse al margen.

—¿Por qué mentiste? Y otra cosa, ¿sabes cómo se llama el hecho de tomar las cosas ajenas?

Fabiola levantó la mano con entusiasmo.

—¡Mamá, eso se llama ser ladrón!

—Hilario, tal vez no entiendas lo grave que es esto, pero te lo voy a decir muy claro: no solo tomaste mi colgante a escondidas, sino que esa conducta está muy mal.

Carolina se agachó y le habló con paciencia.

—Hilario, lo primero es que mentir está muy mal. Y aunque yo sea tu mamá, no puedes tomar mis cosas sin permiso. Si quieres algo que es de la casa, tienes que pedirlo primero, ¿me entiendes?

—Segundo, tampoco puedes tomar cosas de afuera así porque sí. Solo puedes llevarte algo cuando lo has pagado o te lo han dado, ¿de acuerdo?

Hilario asintió.

—Perdón, mamá, ya entendí. Si quieres, castígame y no me des cena hoy.

Carolina apenas pudo contener una sonrisa.

—El castigo será que no podrás ver caricaturas en toda la semana.

Hilario abrió los ojos como platos, como si el mundo se le viniera encima.

—¡Mamá!

Creía que podía librarse porque ya había comido yogur en la tarde y no tenía hambre, así que la idea de saltarse la cena no le preocupaba. Pero quedarse sin caricaturas, eso sí era el fin del mundo.

Hilario miró a su hermana, resentido.

Fabiola, con una sonrisa traviesa, sacó de su bolsillo dos colgantes.

—Mamá, ¡mira qué genial soy! Este me lo regaló Lorena y este me lo dio Patricio.

Carolina sintió que le caía un rayo.

—Mamá, ellos me los regalaron, yo no se los pedí. Hasta traté de devolvérselos, pero no me dejaron, me los metieron en el bolsillo a la fuerza.

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