Durante este tiempo, cada vez que Carolina hablaba con él, no faltaban las indirectas y los comentarios punzantes. Alexis había aguantado lo que pudo.
Pero hoy, su paciencia se agotó.
—Carolina, ¿ya terminaste con tu show? ¡Saca ya mi número de tu lista negra!
A Carolina le causaba curiosidad que él pensara que estaba armando un escándalo.
—Alexis, yo no estoy armando ningún drama.
Lo miró de reojo, sin darle importancia. Tenía prisa por subir a tomarse su avena; la avena caliente es la que mejor sabe.
—Hazte a un lado, no estorbes.
Alexis le tomó la muñeca, con tanta fuerza que las venas de la frente se le notaban.
Respiró hondo, tratando de domar el coraje, y bajó el tono:
—Mira, esto lo compré para ti en la subasta de ayer. Una cadena de diamantes, me costó quinientos veinte mil pesos. ¿Ya puedes dejar de estar molesta?
¿Quinientos veinte mil?
Carolina lo miró como si se tratara de alguien sin dos dedos de frente.
—Vaya, qué cifra más “especial”. ¿No deberías dársela a tu queridísima hermana?
Alexis perdió el control.
—¿Por qué siempre tienes que compararte con Marisol?
—Ya te lo he dicho mil veces, Marisol es mi hermana. Tú me presionas, mi abuelo me presiona. Si yo no cuido de ella, ¿quién lo va a hacer?
—¿Es que no puedes entenderlo?
La voz de Carolina sonaba cortante.
—No lo entiendo. Yo no te presioné. Te dije que terminamos, que ya no quiero casarme. ¿Qué más quieres de mí?
Alexis no creía ni por un segundo que ella hablara en serio sobre cancelar la boda. Para él, solo era otra de sus rabietas.
¿Decía que no se casarían y ya? ¿Así de fácil?
Faltaban solo unos días para la boda. Si la cancelaban, ambas familias serían el chisme de todos en la élite de Ciudad del Confluente.
—¿Qué necesitas para dejar de estar molesta y venir conmigo a sacar los papeles?
Carolina lo miró de arriba abajo. Ese hombre, el mismo por el que alguna vez suspiró, ahora solo le provocaba hastío y cansancio.
Soltó una sonrisa irónica.


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