Scarlett no salió corriendo, no podría hacerlo aunque quisiera. Sebastián había cerrado la puerta con llave al salir, y un grito suyo ayudaría más que intentar salir a tiempo. Pensándolo bien, debió haber gritado, pero no lo hizo...
Porque Sebastián se le adelantó.
—No la usarás aquí, y tú también lo sabes. —Le dijo a Johnny. Ella incluso pudo escuchar la sonrisa burlona en su voz y mágicamente, se calmó en el momento que lo escuchó.
Esa era su voz de mesa de negociación, la voz que nunca había perdido ni una sola vez, la voz que mostraba control absoluto. Ella no quería, pero de todos modos se sintió tranquilizada por su voz.
—La próxima vez que intentes hacer un farol, no seas tan apresurado —Johnny Vanderbilt resopló fríamente—. Solo demuestra lo cobarde que eres.
No, Sebastián no había respondido rápido por estar apresurado. Su rápida respuesta fue para los oídos de ella, quería evitar que interrumpiera.
Ella odió que él pensara que la conocía tan bien y más aún, que tuviera razón, otra vez.
—No quieres hablar, lo entiendo —Sebastián asintió—. Yo también tengo tiempo limitado, así que déjame hablar por ti entonces.
—¡Dije que te MUEVAS! —Johnny Vanderbilt levantó su arma.
El corazón de Scarlett latía en su garganta, acelerado.
—Está drogada, sí —Sebastián respondió a una pregunta totalmente diferente—. Mi gente cambió la droga por una pastilla para dormir, y ella solo está disfrutando de una tranquila siesta ahí dentro. Ahora que tienes tiempo, ¿qué tal si me complaces con esta pequeña charla que me costó bastante esfuerzo organizar?
Después de otra pausa, Johnny Vanderbilt dejó escapar una risa baja. —Parece que tienes todo bajo control, Sebastián Knight.
Finalmente estaba tomando en serio al joven que tenía frente a él.
—Te conocí hace cinco años. Debí haberte reconocido la primera vez que apareciste frente a mí como Silco —le respondió Sebastián, manteniendo ese tono calmado—. ¿Qué hiciste con tu voz y tu estatura?
—Ya lo sabes, ¿por qué preguntas? —Replicó Johnny Vanderbilt a regañadientes.
—Estoy seguro de mi conclusión —Sebastián no se mostró irritado, en absoluto—, pero no lo sé todo.
—Hoy en día hay todo tipo de modificadores de voz, por ejemplo, un parche de dos centímetros color piel que se coloca en la garganta. —Le explicó Johnny.
Logró que su hombre cambiara la pastilla que Olivia consiguió para Ava, pero incluso tratándose solo pastillas para dormir, ya le estaban dando problemas. No podía imaginar qué habría pasado si Scarlett hubiera tomado lo que Ava había preparado originalmente para ella.
No pudo actuar contra Ava porque ella no fue la asesina hace cinco años, pero esa vez, finalmente vio a la Ava que Scarlett siempre había visto: una persona venenosa, sin límites morales para lo que podía hacer.
Había tomado Flumazenil, pero apenas funcionaba. Ava podría haber puesto una sobredosis en el vino. Tuvo que cortarse la palma de la mano y había estado ahuyentando el sueño clavándose el dedo en la herida.
Pero tenía que esperar a Silco allí personalmente.
El escenario más fácil sería que Silco no apareciera, eso significaría que era solo un tipo rico cualquiera que no se preocupaba en absoluto por Scarlett. Siempre que los hombres de Sebastián se encargaran de los tres imbéciles que Ava había enviado, todo estaría bien.
Pero si Silco realmente era Johnny Vanderbilt, entonces solo él podría quitarle la máscara a ese hombre. Solo él sabría lo que Scarlett quería preguntar, y preguntárselo por ella. Solo él podría impedir que Silco entrara en la habitación...
Silco le había mentido a Scarlett durante mucho tiempo, ahora era su turno. Si ella quería enfrentarse a Silco, esa sería su decisión, pero Sebastián quería reservarle el derecho a no hacerlo. Scarlett no quería conocer a Johnny Vanderbilt, y si quería seguir utilizando a Silco sin revelar la verdad, podía hacerlo.
Eso era todo lo que Sebastián quería: darle lo que ella deseaba. Solo quería ser un caballero protegiendo su deseo, eso era todo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ella Aceptó el Divorcio, Él entró en Pánico