Narrado por Zoe
La madrugada en el Hospital Metropolitano tenía un peso distinto. El silencio no era paz, era una tregua frágil que podía romperse con el sonido de una sirena o el código rojo de un monitor. Me encontraba en la estación de enfermería, repasando los expedientes de la planta de trauma bajo la luz fluorescente que parpadeaba con un zumbido irritante.
—Vaya cara de cansancio, Harrington. —Santi Crawford se dejó caer en la silla de al lado, ofreciéndome un vaso de café humeante—. Parece que el "Jefe de Hielo" te ha tenido corriendo toda la noche.
—Gracias, Santi —dije, aceptando el café. Él siempre había sido el más relajado del grupo, el anestesista que prefería una broma a una discusión.
—Sabes, a veces te miro y me cuesta creer que estás aquí —continuó él, apoyando los pies en un escritorio vacío—. Para nosotros, eras "la chica que desapareció". Un día estabas rindiendo el examen de anatomía y al siguiente, puf, rastro borrado.
Ian, que estaba a unos metros revisando una tabla de medicación, se tensó. No se giró, pero su espalda se volvió una línea rígida de músculos bajo la bata blanca.
—"La desaparecida" —repetí en un susurro, sintiendo una risa amarga subir por mi garganta. Miré fijamente a Ian, aunque él seguía dándome la espalda—. Es curioso. He tenido tantos apodos en este círculo, ¿no? La becada, la ratona de biblioteca, la desaparecida…
Ian se giró lentamente. Sus ojos azules estaban oscuros, cargados de una tormenta que amenazaba con estallar.
—Ninguno de esos nombres importa ahora, Harrington. Eres una residente y punto —escupió él con frialdad.
—Tienes razón, Ian —dije, sosteniéndole la mirada con una valentía que no sabía que tenía—. Pero hubo un apodo que siempre me pareció el más creativo de todos. El más… valioso.
Santi me miró confundido. Ian entrecerró los ojos.
—¿Ah, sí? ¿Cuál? —preguntó Santi con curiosidad genuina.
—La chica de los cien dólares —solté, dejando que las palabras cayeran como piedras en un estanque de cristal.
El silencio que siguió fue absoluto. Santi se quedó con la boca abierta, el vaso de café a medio camino. La mandíbula de Ian se apretó tanto que creí escuchar el crujido de sus dientes.


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